Tremenda paradoja: que un evento con audiencias mundiales de cientos de millones de personas, no consiga sentar a unos cuantos miles de aficionados en sus gradas.

 

Río 2016 pasará a la historia por muchas razones, comenzando por su elevadísimo nivel deportivo y el convulso camino de Brasil para organizarlo, pero también por esas sorprendentes imágenes de tribunas vacías en casi todos los eventos, incluida la mismísima clausura. O no tan sorprendentes.

 

Consideremos: primero, que Brasil está en recesión, lo que obstaculizó a muchos locales el adquirir boletos; segundo, que las cifras de extranjeros llegados para vivir los Juegos, fueron inferiores a las peores estimaciones (ya por el zika, ya por la imagen del país proyectada en términos de caos y criminalidad, ya por la crisis política); tercero, que los turistas que en cualquier otro agosto hubieran viajado, esta vez hallaron en el evento deportivo un motivo disuasorio (¿quién quiere vacacionar con precios más altos, rodeado de militares y en avenidas embotelladas?); cuarto, que el problema de movilidad en zonas cercanas a los escenarios, hizo imposible que muchos –a veces, hasta los periodistas– accedieran a las competencias; y quinto, que el esquema de venta de boletos no fue el adecuado, pretendiendo a medio certamen simplificarse con taquillas tradicionales, mas nunca siendo claros respecto a lo que había disponible: a pocas semanas de la inauguración, la comunicación oficial reiteraba que las solicitudes de tickets eran de récord y que Río 2016 se disputaría ante aforos totales.

 

Un experto en nuevas tecnologías hablaba estupefacto de que no se hubiese generado un app, misma que permitiría a quien estuviera en el Parque Olímpico o en el Complejo de Deodoro (los dos principales puntos de actividad deportiva), saber qué estaba por disputarse ahí, si existían entradas y adquirirlas rápido en el mismo celular. La realidad es que en el Parque Olímpico pocos sabían al salir de baloncesto o natación, que a unos cuantos metros podían acceder a gimnasia, taekwondo, tenis, clavados y mucho más.

 

Tokio 2020, que reúne tanto la cultura deportiva como el poder adquisitivo que permitió a Londres 2012 ver lleno todo escenario, seguramente tendrá saturada cada grada. Es un modelo distinto. En el caso de Río 2016, el Comité Organizador no quiso entender que necesitaba encontrar otro esquema y lo pagó tanto con las cifras menores de recaudación por la bajísima venta, como con la imagen proyectada al planeta de asientos vacíos por doquier.

 

En mega-eventos anteriores, ha sucedido que un mal programa informático propicie que no se comercialicen todos los boletos disponibles. Con Río 2016, el problema fue distinto: que no existió una sensibilidad respecto al estado económico local, que se mantuvieron visiones desapegadas sobre la cantidad de visitantes y que se prefirió ocultar la realidad de que casi no había escenarios del todo vendidos, en casos (¡la espectacular gala de gimnasia!) ni siquiera a la mitad.

 

La respuesta llegó con esa paradoja de los cientos de millones por el mundo pendientes de la señal audiovisual y no los miles suficientes para poblar el escenario en vivo. Incluida, increíble y absurdo, la mismísima clausura.

Alberto Lati

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