Yulia va a la guerra

Alberto Lati

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Cuando Yulia Andreyevma Efimova apeló ante el Tribunal Deportivo (TAS) por su exclusión de Río 2016, sabía que lo más factible era quedar privada de participar en los Olímpicos.

 

Faltaban escasos días para la inauguración y si la abrumadora mayoría de los rusos que apelaron el castigo fracasaron, para ella –dos veces sancionada por dopaje– parecía incluso más remoto. Máxime, si la única indicación del COI había sido que los atletas de este país con cualquier antecedente de dopaje eran inelegibles.

 

Como sea, a horas de su entrada en acción, recibió luz verde. A su favor pesó un hecho: que vive y entrena desde hace cuatro años en California, lo que bastó para argumentar su lejanía respecto al dopaje de Estado que operaba en Rusia.

 

No obstante, sólo llegar a Río y al ver que no era tan bienvenida, dio tintes políticos al rechazo padecido: “En los Juegos Olímpicos se supone que toda guerra debe cesar, pero ahora no encuentran forma de derrotar a Rusia y tratan de desquitarse con los atletas. Siempre pensé que la Guerra Fría era asunto del pasado, ¿para qué revivirla utilizando al deporte?”.

 

Cada que es presentada por el sonido local para alguna prueba, el Centro Acuático de Barra de Tijuca la abuchea con sonoridad. A eso se añade la creciente enemistad con la estadounidense Lilly King, disputa que ha ido subiendo de tono con acusaciones, desplantes en plena piscina, cruce de miradas de fuego en el podio y declaraciones. “Mi victoria demuestra que puedo ganar de forma limpia”, fue el dardo lanzado por la norteamericana, al que se sumó el mejor nadador de la historia, Michael Phelps: “Algo tiene que decirse, es triste que pase en el deporte en general, no sólo en la natación. Hay gente que da positivo y aún así se le permite volver y muchas veces. Lilly tiene razón, esto no tiene nada a que ver con el auténtico sentido del deporte y me jode”.

 

Nacida en Chechenia justo cuando estallaba la primera de las guerras en este sitio, su familia se mudó a casi mil kilómetros para encontrar tranquilidad. Década y media más tarde, ya era la mejor nadadora de sprint de su país y pronto aceptó una opción para seguirse desarrollando en Los Ángeles. Todo fue bien hasta que empezaron sus escándalos de dopaje, descubiertos mucho antes que el que hoy rodea a Rusia.

 

Rechazada por colegas y aficionados en Río, ella no está en los Juegos de la armonía sino en los de la discordia. Tanto y ya tan politizadamente, que su caso puede remitir al de Bobby Fischer, cuyo viaje a Islandia para enfrentar al soviético Boris Spassky, inspiró el libro Bobby va a la guerra: el deporte permeado de los rencores, de los contextos, de las diferencias que flotan más allá de él y brotan desde él. Con una inmensa diferencia: que el problema de Efimova no es político de origen, sino de dopaje, incluida alguna medalla en el Mundial de Kazán, cuando ya operaba el esquema de desaparición de muestras sucias con ayuda de la policía secreta.

 

Al acudir al TAS, Yulia Andreyevna debió estar consciente de lo que le esperaba. Habiendo procedido su apelación, ahora es ella contra el mundo: la niña que tomó el American Way of Life de pronto defiende con sus brazadas al país del que se alejó.

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