Futbol y extremismo islámico

Alberto Lati

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La mitad de San Siro en lágrimas de alegría y la otra mitad de dolor. El planeta entero, o al menos 600 millones de sus habitantes, se había convencido, como suele hacerlo, de que por un par de horas no había más realidad que esa, que toda preocupación se posponía hasta el silbatazo del árbitro.

 

Y, de pronto, Florentino Pérez dedicó el título a los aficionados madridistas asesinados en Irak; pensamos que se refería al atentado de dos semanas antes (dieciséis muertos en un ataque al café donde se congregaba esa peña o grupo de animación) pero el presidente aludía a la tragedia de ese mismo día (doce perecidos mientras veían por televisión la final de la Champions League).

 

Dos situaciones que precisar: la primera, es evidente y poco novedoso, que el futbol resulta un blanco perfecto si lo que se desea es dar notoriedad a una causa, generar ruido, provocar terror; la segunda, que Daesh (también llamado Estado Islámico), ha peleado directamente contra este deporte.

 

La razón de esto último es que, a su sentir, esa religión laica y consistente en patear balones, contradice su manera de entender el islam, de ahí que su inicial problema sea con los musulmanes entregados a esa pasión. Es el mismo ISIS que en 2015 matara en Irak a unos jóvenes por seguir en televisión la Copa Asiática y que condenara a ochenta latigazos a quienes vieran el clásico Real MadridBarcelona.

 

En un artículo posterior al intento de estallar bombas en Saint Denis en el partido Francia-Alemania, el analista James Dorsey precisaba la división de posturas entre extremistas. Por un lado, Osama bin-Laden promovía que sus seguidores jugaran futbol y lo justificaba explicando que “el Profeta Mahoma recomendaba el ejercicio físico para mantener un cuerpo sano”; de hecho, en un discurso utilizó como analogía un partido en contra de la selección de Estados Unidos; al mismo tiempo, planeó atentados durante el Mundial Francia 1998, mismos que no se lograron consumar. Por otro lado, Abu Bakr al-Baghdadi, el autoproclamado califa del Estado Islámico, fue futbolista años atrás, pero hoy se opone tajantemente a su práctica; por ello, al tomar Mosul fueron bombardeadas las canchas de futbol; en ese sentido, desde 2006 una serie de clérigos exigieron a los países musulmanes que se ausentaran del Mundial: “es un complot para corromper a jóvenes musulmanes y distraerlos de la yihad. Una invasión cultural peor que la guerra militar porque toma corazones y almas de los musulmanes”.

 

Daesh publicó una carta a Joseph Blatter, advirtiéndole que no cediera el Mundial 2022 a Qatar, porque, aseguraba, para entonces el Califato de ISIS llegará hasta ese punto geográfico y prohibirá esa actividad.

 

Es común que esas vertientes fundamentalistas promuevan el regreso al modo de vida en épocas del Profeta Mahoma y tres generaciones posteriores, de ahí que todo lo ajeno a esa etapa se pretenda proscribir, máxime si huele a Occidente.

 

No obstante, hay un excepción admitida con recurrencia: que el futbol es una vía para reclutar a niños, de ahí que, incluso los grupos más extremos, hayan llegado a organizar partidos como método de captación.

 

Una tragedia que hace relativas las lágrimas vertidas en San Siro y recodar una definición de Jorge Valdano: “el futbol: la cosa más importante de las cosas menos importantes”.

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