Dilma, olímpicos y veinte centavos

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Sería simplista atribuir la mayor crisis política en la historia del Brasil contemporáneo a veinte centavos de la moneda local, el real, equivalentes en 2013 a diez centavos de dólar y hoy a seis. Sería simplista, aunque tiene cierto sentido, porque desde que en junio de 2013 comenzaron las multitudinarias marchas para protestar el aumento del transporte público en esa cifra, este pueblo no ha cejado en sus proclamas antigobierno.

 

Parte de una juventud mundial que se fundamentó en no quedarse callada y en su irreverencia ante toda institución, a mediados de 2013 Brasil inició una cruzada en contra de su clase política –imprescindible recordar, como ya se ha hecho en infinidad de ocasiones, su cercanía en el tiempo a la llamada Primavera Árabe, a Occupy Wall Street, a la España del 15-M y hasta a la Revolución de los Paraguas en Hong Kong: las redes sociales como respaldo logístico para hacer sonar la indignación.

 

El detonante fueron esos veinte centavos en Sao Paulo, pero al fondo había una causa común: repudiar el despilfarro económico en dos mega-eventos deportivos, cuando se tenían otras prioridades de máxima urgencia. Algunas pancartas que entonces pude leer, iban en ese sentido: “Sí, educación y salud. No, corrupción y FIFA”, “¡Un profesor vale más que Neymar!”, “¡Cuando mi hijo se enferme, lo llevaré al estadio!”.

 

Llegué a Río de Janeiro a dos semanas del arranque de la Copa Confederaciones 2013 y me topé todavía con el exultante orgullo brasileño de siempre. Dilma Rousseff era vista como digna defensora del legado de Lula, quien a su vez era equiparado a Nelson Mandela como personaje histórico.

 

El gigante sudamericano, sin embargo, caminaba sobre frágiles extremidades y pronto se desplomaría. Inflación, burbuja inmobiliaria, devaluación y recesión económica, emergerían una tras otra con la caída del precio de los commodities y la disminución en el comercio con una China que ya no crecía tanto.

 

Pocos días y todo había cambiado. Dilma, la presidenta que padeció la tortura durante la dictadura militar, la hasta antes hija amada del Brasil más sufrido, fue abucheada en la inauguración de la Copa Confederaciones. Tanto creció la animadversión, que Lula no aparecería por estadio alguno y la propia Dilma se ausentaría de la final del torneo en Maracaná. Un año después, ya en plena Copa del Mundo 2014, serían constantes los insultos a la mandataria, jugara la verdeamarela o no.

 

Unas gradas evidentemente elitistas, dados los precios del boletaje en un Mundial, hicieron que el Partido del Trabajo transformara esa pugna en una especie de lucha de clases, aseverando que en las favelas se les aclamaba y no así en los barrios ricos; la reconciliación social lograda por Lula al ganar la presidencia, de súbito era pasado. Como sea, Dilma lograría la reelección a unos meses de tan atribulado torneo.

 

Lo siguiente eran los Olímpicos, en aquel 2014 excesivamente demorados (“Es la situación más crítica en cuanto a preparativos de los últimos veinte años”, explicaba el directivo Francesco Ricci Bitti). Con evidentes problemas y rezagos que persisten, pero la infraestructura olímpica avanzó. Sin embargo, entre las constructoras que levantaban tantas instalaciones, hasta a cinco se les halló vínculo con el escándalo de corrupción de Lava Jato: el círculo “evento deportivo-malversación de fondos-política”, volvía a cerrarse.

 

Lo del domingo en la Cámara de Diputados, mezcla de burlesque y aberrante circo, habló todavía peor de la clase política brasileña que de la propia Dilma. La trama para tumbarla y el panorama para su sucesión interina, conceden poca fe en el futuro.

 

El orgulloso país BRICS que utilizaría Mundial y Olímpicos para proyectarse en otra estatura política y económica, ahora nota avergonzado que todo ha salido al revés: con los reflectores del mundo apuntándole a menos de cuatro meses de la inauguración, los mega eventos sólo han servido para mostrar una realidad, un caos, una podredumbre, que cinco años atrás lucían ocultos.

 

¿Y todo por veinte centavos? Entre muchas otras razones, sí.

Más del autor