Visto en un mapa, el canal Saint-Martin luce como una marca en la cara norte del centro de París. Ideado por Napoleón para llevar agua potable a lo que por entonces eran los alrededores de la capital francesa, se financió gracias a un protestado impuesto al consumo de vino.

 

Canal tan relevante que inspiró una célebre pintura impresionista de Alfred Sisley (a la fecha exhibida en el museo de Orsay) y uno de esos desafiantes versos entonados por Édith Piaf (en la canción Les momes de la cloche). Canal que desde hace cuatro semanas se ha convertido, pese a su apacibilidad y belleza, en una especie de herida.

 

Es cruzar ese canal Saint-Martin, siempre lleno de jóvenes, con grupos de amigos bebiendo sobre sus puentes, con provocadores grafitis en algunos tramos, para volver a viajar a ese trece de noviembre que ya nunca será normal en el calendario europeo.

 

En su cara sur se encuentra el trágicamente famoso Bataclán Café. A 27 días del asesinato múltiple en su interior, la policía ha debido instaurar un operativo para que el constante flujo de turistas no frene el tráfico por el Boulevard Voltaire. Una cinta amarilla, de las que sirven para acordonar escenas del crimen, abre un angosto pasaje para la gran cantidad de visitantes, aunque no tan grande como la congoja con que por ahí se desfila.

 

paris_efeCaminar ante Bataclán es tensión, es angustia, es incomprensión. Mientras en los montes de ofrendas florales leemos referencias a quienes ahí murieron, mientras vemos banderas de varios de sus países de procedencia, mientras nos conmovemos con personas de todas las culturas agachadas para encender una vela, mientras sentimos esa atmósfera cargada de dolor, mientras nos mareamos con un olor indescifrable, entendemos que en ese preciso punto, otra vez ha cambiado el mundo o, al menos, hemos dejado de percibirlo como solíamos.

 

Menos de un kilómetro hacia el norte, siempre caminando pegados al canal Saint-Martin, nos topamos con el À la Bonne Bière, único de los establecimientos atacados en el décimo distrito que hoy se encuentra en funciones. En su piso superior, una pancarta enfatiza: Je sui on terrace (“Estoy en la terraza”), sólido mensaje de supervivencia de todo un estilo de vida. ¿Miedo? Probablemente sí, y pese a que ha pasado ya casi un mes, pero los parisinos viven igual que siempre: con frío o canícula, en invierno o verano, con vino o café, sentado en esas mesas sobre la banqueta, viendo y siendo vistos, con ese semblante marca París tan imposible de describir como fácil de identificar.

 

Enmarcados por el Je sui on terrace y rodeados por montones de flores secas, los comensales se sientan en À la Bonne Bière con una actitud casi ceremonial. Caso distinto, la pizzería La Casa Nostra, ubicada en la contra esquina, sigue cerrada. Este sitio, de cuyas cámaras de seguridad se publicaron imágenes muy fuertes del momento del ataque, mantiene plásticos sobre los vidrios para ocultar lo que ha quedado al interior.

 

Al canal Saint-Martin regresamos y cinco minutos después estamos en La Petit Cambodge, donde comenzaron los atentados del décimo distrito; junto a su fachada hay fotos y una breve descripción de las personas que ahí perdieron la vida; su pared ya ha sido restaurada, a diferencia del vecino Le Carrillon, en donde las ventanas continúan evidenciando la trayectoria de las balas. En la puerta principal, entre incontables recuerdos de los fallecidos, una carta informa a los clientes que de momento no hay certeza respecto a cuándo reanudará el servicio, al tiempo que se explica el shock que cargan quienes ahí trabajaban y afortunadamente lograron sobrevivir.

 

Tras ese canal Saint Martin que nos lleva a un París trendy, de jóvenes, de galerías, de moderna bohemia, un homenaje póstumo se encima con otro; atmósfera de luto e incapacidad para entender lo que ha acontecido. Canal que desde su apertura, decretada por Napoleón, fue una marca en el mapa. Canal, pintado por Sisley y cantado por Piaf, que desde el trece de noviembre es y quedará a perpetuidad como una cicatriz

Alberto Lati

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