Decir que George Best falleció hace una década, no deja de ser una imprecisión.

 

Acaso, habiendo sido el primer futbolista de la historia que se elevó a categoría de ídolo pop, bien hubiese podido considerarse su ingreso al funesto club de genios musicales perecidos a los 27 años (Brian Jones, Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, recientemente Amy Winehouse).

 

Me explico, toda vez que el crack norirlandés murió en 2005 con casi 60 años; toda vez que, a diferencia de los talentos arriba enlistados, alcanzamos a verlo arrugado y canoso; toda vez que hubo tiempo para hacerle homenajes, siempre con rostro de negación y lamentando lo que pudo ser, ninguna nostalgia peor que la del futuro soñado que nunca llegó.

 

En 1972, con apenas 26 años, George Best anunció por primera vez su retiro. Obviamente, el apodado “Quinto Beatle” seguiría jugando por mucho tiempo, aunque ya jamás al nivel que lo llevó en 1968 al Balón de Oro como mejor futbolista europeo.

 

En esa efímera y precoz jubilación se ocupó de beber de mañana a noche, de instalarse en playas españolas para anticiparse un cuarto de siglo al Nicolas Cage de Leaving Las Vegas, de destrozar todo lo que en su cuerpo estaba predispuesto para ser uno de los mejores futbolistas de la historia.

 

Justo en la casa en la que creció en Belfast, su hermana Barbara me explicaba, todavía tratando de entender la avalancha que arrolló al primogénito de la familia Best: “Es típico de gente con adicciones que no escuchan consejos. George BestEn un par de ocasiones le dije algunas cosas, mi padre varias veces lo sentó a decirle ´hijo tienes que cambiar eso´. Contestaba, ´sí, papá, lo sé´. Él sabía que no le estaba haciendo ningún bien esa vida, pero era como predicar ante un converso. No hacía falta decirle demasido, él ya sabía que se estaba lastimando con lo que hacía. Todavía cuando tuvo el trasplante en 2002, George nos dijo, y eso se habló claro, que su vida iba a cambiar, que había recibido una segunda oportunidad. Pero desafortunadamente la adicción era más fuerte, alcanzó a estar como quince meses sin beber tras el trasplante, pero todo volvió a comenzar con un par de copas”.

 

Más que esos debates familiares para intentar rescatar a quien se estaba destrozando y había truncado una carrera futbolística de ensueño, recapacito en otras palabras de la hermana pequeña: “Georgie incluía todo el paquete: era guapo, tenía talento, tenía carisma, tenía todo, y fue definitivamente el primer futbolista así. Si George viviera tendría la honestidad para decirte que fue muy difícil manejarlo, porque era algo único, fue el primero, nadie sabía cómo manejar algo así”.

 

Asedio de parte de las mujeres más bellas, glamur, modelaje, marcas, tentaciones, dinero a borbotones, simpatía natural, oportunidades insalvables para beber… y una cultura británica que por fin hallaba en un deportista la manera de replicar la idolatría que había nacido con los Beatles. En el centro de ese huracán, un George Best que ya nunca alcanzaría los niveles del mágico 1968.

 

Han pasado 10 años no desde su muerte, sino desde el final de esa larguísima muerte a la que se sometió. En algún sitio queremos imaginarlo escapando enfebrecidamente con el balón dominado. Acaso ahí, de fondo, se escuche un inigualable dueto de Janis y Amy, un solo de guitarra de Hendrix, unos versos de Morrison, unos innovadores arreglos de Brian Jones, un estuendo lírico de Cobain. Acaso ahí, en ese club al que bien pudo pertenecer, porque a los veintisiete años, ya todo había terminado futbolísticamente.

Alberto Lati

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