Uno de los momentos culminantes del libro Herr Pep, en el que Martí Perarnau retrata la primera temporada de Josep Guardiola al frente del Bayern Múnich, refiere al discurso del estratega previo a la serie de penaltis que definió la supercopa europea 2013 ante el Chelsea:

 

“Chicos, no hay lista de lanzadores. Lanzad los que queráis. Todos marcaréis gol. Elegid vosotros (…) El orden que os guste y en el que os sintáis cómodos. No importa: marcaremos gol en cada chut (…) Sólo una cosa más. Recordadlo: ya habéis decidido por dónde chutaréis. Id y chutad, y desde ahora y hasta que chutéis, no paréis de repetiros que será gol. A cada paso que deis: gol, gol, gol…”.

 

Foto lati_ap

 

Párrafo en el que podemos penetrar en el modelo de liderazgo de Guardiola: motivación basada en la seguridad, capacidad para convencer a sus dirigidos de cuánto cree en ellos, determinación y ausencia de cualquier atisbo de duda, confianza en lo que ellos sientan y consideren (finalmente no está imponiendo nada: los está dejando ser y decidir).

 

En aquella ocasión sus pupilos anotaron los cinco lanzamientos y dieron a Pep su primer título en la entidad bávara.

 

Año y medio después el Bayern se reencontró con una tanda definitoria, sólo que esta vez Guardiola apeló a proyectar su confianza desde la serenidad; tomó una silla plegable y se sentó a presenciar los penales, como quien asiste a una película aburrida por predecible: cómodo, con la pierna cruzada, convencido de que ya conocía el desenlace. Ese día, cuartos de final de la copa alemana ante Bayer Leverkusen, los dirigidos por Pep volvieron a acertar los cinco envíos.

 

Este martes, sin embargo, la historia no pudo ser más diferente. A los estereotipos de implacabilidad y control que suelen colgarse al Bayern, respondió el peor de los desastres: cuatro fallos en cuatro penales.

 

Todo lo que Pep haya intentado con sus terapias y arengas, se desplomó en cuanto el más sólido de sus alumnos muniqueses, el capitán Philipp Lahm, resbaló antes del primer cobro. Como si de una epidemia se tratara, Xabi Alonso cayó de parecida forma justo al impactar el balón. Ya completamente desposeídos de fe, Mario Götze y Manuel Neuer dispararon más preocupados por no patinar que por colocar la pelota.

 

El resultado fue que los bávaros quedaron fuera de la copa alemana y que el Borussia Dortmund podrá despedir a su amado Jürgen Klopp con otro título.

 

Más allá del insólito cierre para la rivalidad Guardiola-Klopp, la reflexión va en otro sentido: la fragilidad y las circunstancias que, como con la vida, rodean al futbol. No importa cuántas veces Lahm haya sido efectivo en su carrera ni cuánto haya ensayado desde los once metros; tampoco la insultante seguridad que siempre lo ha caracterizado ni lo que Guardiola trazara como plan para encarar ese momento. El teatro del absurdo se posó sobre el césped del Allianz Arena y la precisión bávara cayó como una pieza más de irrefrenable dominó.

 

Nada para dramatizar con el laureadísimo Pep: diecinueve títulos de veintiocho disputados como entrenador, dicen más que cualquier cosa. O casi, porque acaso dice más el breve discurso pronunciado antes de los penales contra el Chelsea. Ese mismo que este martes sucumbió, víctima del más inoportuno resbalón.

Alberto Lati

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