El cine de Hollywood y los grandes estudios como DreamWorks o Disney tienen el poder para desatar una lista de éxitos animados a lo largo de un año. Las películas vienen rodeadas de un proyecto de mercadotecnia bien planeado; los supermercados llenan sus estantes de juguetes, ropa y hasta comida con la imagen de la película en cuestión. En suma: un negocio redondo.

 

A pesar de que las películas animadas se esfuerzan cada vez más en presentar historias incluyentes –princesas no anglosajonas, heroínas que no sueñan con un príncipe azul–, lo que las rodea vuelve un tanto cuestionable su mensaje, al menos a mi parecer, alguien que no suele ver películas animadas – perdí todo el entusiasmo luego de que Frozen (la segunda película más pirateada del 2014) se llevara el Oscar en lugar de El viento se levanta. Pero no todo proviene del halo comercial de Occidente.

 

Hayao Miyazaki es considerado la figura más importante de este estudio. Su última película desató una gran expectativa; en nuestro país fue incluida dentro de la 56 Muestra Internacional de la Cineteca Nacional. A pesar de que Miyazaki salió del terreno cinematográfico y de que muchos seguidores del estudio cuestionaran la capacidad de seguir creando películas tan exitosas, The Tale of the Princess Kaguya, de Isao Takahata, que no recaudó lo que se esperaba en Japón, tiene una manufactura simple y al mismo tiempo es hermosa.

 

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