La historia de Julio Scherer García, director de Excélsior de 1968 a 1976 y fundador y propietario de la revista Proceso tiene muchas historias secretas.

 

¿Qué hubiera ocurrido si el 6 de julio de 1976 Scherer no se acelera y se queda hasta el final de la asamblea de la cooperativa? Datos de algunos cooperativistas de entonces han señalado que la votación a favor de Scherer iba consolidándose. Pero Scherer se enojó, se salió del edificio y abandonó Excélsior.

 

En 1976 hubo negociaciones secretas con el equipo de campaña del candidato presidencial priista José López Portillo -primos ambos, por cierto- y Jesús Reyes Heroles le aseguró a Scherer que se iba a revertir la asamblea de la cooperativa para regresarle el periódico. Sin embargo, Scherer le adelantó la noticia al corresponsal de The New York Times en México, Alan Riding, éste publicó la información y la operación política se frustró.

 

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Scherer arribó a la dirección de Excélsior en plena crisis estudiantil: agosto de 1968; provenía de la coordinación de página editorial; en ambos cargos, Excelsior fue un periódico acrítico ante el poder, sometido a las reglas sistémicas y dominado por la política gubernamental; ahí están los editoriales y columnas apoyando al sistema y criticando a los estudiantes. Las críticas de Scherer contra el 68 oficial se dieron en Proceso, no en Excélsior.

 

La historia de Scherer en el periodismo fue de consolidación de una apertura crítica para abrir el ostión del sistema político priista a partir de 1973; pero fue una lucha desde dentro del sistema: en 1975 los empresarios, encabezados por Juan Sánchez Navarro, decretaron un boicot de publicidad contra Excélsior por sus críticas al empresariado, Scherer se quejó con el presidente Echeverría y éste le ordenó al secretario del Patrimonio Nacional, Horacio Flores de la Peña, cubrir con publicidad oficial la retirada por los empresarios; pero luego Scherer publicó una nota crítica contra el funcionario para que “no dijeran que me habían comprado”. Pero sin esa publicidad oficial, Excélsior habría quebrado.

 

Frustrado el regreso a Excélsior, Scherer optó por una revista: Proceso. Pero lo hizo con recursos públicos: varios reporteros recibieron sus primeros salarios con plazas de oficinas de prensa pero sin asistir a laborar. La revista surgió con aportaciones abiertas a la sociedad, pero nunca quedó claro cómo fue la operación financiera para transformar a Proceso en una S.A. de propiedad mayoritaria de la familia Scherer.

 

El ciclo de Scherer terminó con su encuentro con el narco Ismael El Mayo Zambada, quien utilizó al periodista para una operación de relaciones públicas; ahí se vio un reportero abatido, temeroso, metido en el juego perverso del narco. Y la foto de El Mayo cobijando con su brazo a Scherer pareció ser el epitafio de una carrera profesional de claroscuros.

 

Excélsior fue un venero de reporteros críticos; a partir de 1977 se abrieron otros periódicos que ya no dependieron de Scherer: Uno Más Uno, La Jornada y El Financiero. La mejor época de Proceso fue la de un periodismo crítico pero de datos e investigaciones, con un director que apoyaba la publicación. Paulatinamente todos esos reporteros fueron emigrando a otros medios por los estilos agobiantes del director. De la crítica se pasó al golpeteo sin fundamentación.

 

Scherer formó parte de un periodismo crítico, pero no fue el único. Reporteros, editorialistas, columnistas y caricaturistas aprovecharon el espacio y demolieron el autoritarismo priista. La historia real las hacen los muchos.