El frágil mundial de clubes

Alberto Lati

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La consolidación que en el caso del Mundial de selecciones fue casi inmediata, para el Mundial de clubes demoró demasiadas décadas.

 

De hecho, difícilmente se hallará otro torneo con tan complicada historia; tras por lo menos siete décadas de intentos, cancelaciones, frustraciones, posposiciones, modificaciones, hoy por fin se puede decir que un evento dilucida con suficiente credibilidad al club campeón del mundo (qué mejor camino que enfrentar al campeón de cada confederación continental).

 

El Mundial de Clubes que ha comenzado este miércoles con la victoria del Auckland City neozelandés sobre el Mogreb Atlético Tetuán marroquí, tiene suficientes orígenes y nombres para confundirnos: la Copa Río realizada dos veces en Brasil (1951 y 1952), el Mundialito que se jugó en Venezuela de 1952 a 1957, el Torneo París con intermitencia desde 1957, la Intercontinental efectuada de 1964 a 2004 (primero a visita recíproca, luego en Tokio como sede fija) y el presente Mundial.

 

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Ya la Intercontinental se enfrentó a circunstancias tan extrañas como monarcas de Europa que renunciaron a acudir o cuadros que se negaron a acoger la vuelta en represalia por la violencia con que se les recibió en la ida en Sudamérica.

 

Sin embargo, parecía que nunca cuajaría un Mundial con representación de cada región. La iniciativa existió por lo menos desde los años ochenta, aunque su actual formato apenas se creó en 2005, edición desde la que se ha disputado sin interrupción a cada diciembre.

 

El primer Mundial de clubes, programado para 1999, se pospuso un año. En un calendario de por sí saturado y sin tregua para las piernas de los futbolistas, la FIFA deseaba incrustar un certamen que implicara cuatro partidos en un margen de nueve días. Finalmente en enero de 2000, ocho equipos se enfrentaron bajo la sensación de que a los europeos les pesaba más que importarles (por ejemplo, el Necaxa empató con Manchester United y luego se impuso por penales al Real Madrid en la a la fecha mejor actuación mexicana).

 

En teoría, la segunda edición sería en julio de 2001, ahora con doce clubes y como parte de la pretemporada europea; cuando ya se habían sorteado grupos y definido calendario, se canceló por la quiebra de la empresa encargada de la explotación comercial de la FIFA.

 

No sería hasta 2005 cuando por fin darían con la solución: amortizarlo al invitar al patrocinador japonés que había hecho posible la Copa Intercontinental de 1980 hasta 2004, y otorgar al campeón europeo un trato privilegiado: pase directo a semifinales para sólo tener que jugar dos choques en un lapso de tres días (concesión que también se dio, para no lucir discriminatorios, al representante sudamericano).

 

El principal síntoma de la relevancia que este Mundialito ha adquirido, es la seriedad que los gigantes europeos le han ofrecido; tras perder las tres primeras versiones, han conquistado seis de las últimas siete.

 

En cuanto a los sinodales mexicanos, la constante ha sido que acuda quien luce menos poderoso en ese momento para hacerlo. Quizá, ojalá nos sorprenda de forma contraria, es lo que acontece esta vez con Cruz Azul.

 

Su debut será el sábado contra el Western Sidney australiano; si avanza, su destino es nada menos que el más enrachado Real Madrid de todos los tiempos. No en vano se trata de un Mundial (aunque antes no lo pareciera).

 

 

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