Uniformes, tradiciones, ventas

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Así como protegemos edificios, sitios históricos, patrimonios culturales, santuarios religiosos, especies en peligro de extinción, acaso debiéramos abogar por la conservación de ciertos uniformes deportivos.

 

Entiendo que el mercado demanda innovación y las ventas incentivos, lo que obliga a verdaderamente diferenciar la casaca año con año; de otra forma, hay poca necesidad de comprarla cada 12 meses y renovar el ajuar deportivo. Entiendo, más todavía, que mi primer párrafo es a todas luces una exageración: ¿poner al uniforme del Barcelona (o Milán, Inter, Chelsea) en la misma escala que al oso panda, los budas derribados por los Talibanes en Afganistán o la fachada barroca de cierto sitio?

 

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El diario Sport filtró la que será la camiseta del Barça para la próxima temporada. Por primera vez en más de 115 años de historia, las rayas pasarán de verticales a horizontales, con elementos amarillos entre estómago y espalda. En uno de los muchísimos mensajes de protesta en el foro de opinión que acompaña a esta noticia, alguien escribió una frase que puede resumir parte del pesar del barcelonismo: ¿lo de Qatar no fue suficiente?

 

A lo largo de las décadas el Barcelona se diferenciaba del común de los equipos al no mostrar publicidad, más allá del logotipo del proveedor o fabricante del uniforme. La apuesta subió en nobleza cuando en 2006 se integró el nombre UNICEF al sitio que las demás instituciones destinan a su anunciante: no sólo desistían de lucrar, sino que contribuían a causas formidables. No obstante, en 2011 eso cambió al integrarse por 30 millones de euros anuales a Qatar Foundation, lo que derivó al cabo de un par de años en Qatar Airways. Muchos dijeron que ese día el Barcelona dejó de ser “Mes que un club”, como claman en catalán, aunque quizá fue algo inevitable e impostergable: para competir en un contexto de tantísimos millones, no son prescindibles esos montos.

 

Todo tipo de experimentos y variaciones pueden hacerse con el diseño del segundo o tercer uniforme, que en parte para eso están (y ya no, como antes, como alternativa para distinguir a dos planteles que visten colores parecidos, más todavía en épocas de televisión a blanco y negro). Sin embargo, el primero más que intocable, resulta sagrado; el Madrid tiene derecho a añadir dorados, negros, azules, morados, incluso rosa a su casaca, siempre y cuando siga siendo blanco; algo similar diría de la Juventus si se aferra a sus rayas bianconeras o el Liverpool a su rojo.

 

Tema mayor es meterse con la camiseta estelar. El Barcelona no puede ir con rayas horizontales, como el River Plate no puede olvidar su franja roja o el Chelsea al azul.

 

En el origen, casi todos los equipos terminaron por vestir de determinada forma en virtud de alguna casualidad. Está el caso del Athletic de Bilbao, cuyo emisario a Inglaterra no encontró uniformes del Blackburn Rovers (mitad azul, mitad blanco), y por ello compró lo que encontró en el puerto antes de volver –y ese puerto era Southampton, y el Southampton siempre ha vestido en rayas rojiblancas, y fue lo que se llevó a casa, y esa carambola implicó que su filial capitalina (el Atlético de Madrid) también se hiciera a perpetuidad rojiblanco.

 

Accidentes, como el que Hans Gamper, fundador del Barça, recurriera a los colores de su equipo suizo, el Basilea, apodado en alemán rott-blau (roji-azul), para determinar el del cuadro catalán.

 

Pero en esos rebotes históricos, tal como los acontecidos con muchas banderas nacionales, radica buena parte de una esencia. Y eso, por mucho que el mercado demande novedades, no puede negociarse.

 

 

 

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