Es normal, es ley de vida, es lo que acontece conforme los seres humanos aumentan en edad, pero no por ello resulta fácilmente concebible.

 

Durante décadas nos hemos acostumbrado a que parte del orden del mundo radica en mirar impecable a este personaje. Sonrisa idónea para anunciar pasta de dientes, postura erguida, cabellera intacta en su espesura y obscuridad, semblante con apenas líneas de expresión, actitud cargada de energía, gracia para anunciar lo mismo cuentas bancarias que Viagra o aerolíneas árabes…, y una imagen que a más de medio siglo de su primer título mundial, sigue remitiendo al niño que efectúa un sombrero, define de volea y cierra el partido privado en llanto a hombros de sus compañeros.

 

Así como al ya fallecido Alfredo di Stéfano nos habituamos a verlo con bastón y a Diego Armando Maradona envuelto en algún tipo de problema, a Edson Arantes do Nascimento Pelé lo ubicamos en esa inmutabilidad.

 

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He tenido el privilegio de entrevistarlo en promedio cada dos años durante los últimos 15 y si sólo me baso en su rostro, me es francamente complicado diferenciar una fecha de la otra. De tal forma, que todos parecemos cambiar y deteriorarnos, menos él.

 

La última vez que lo vi, iba acompañado por su hijo Edinho, ese que se dedicara a ser portero (resumen de la carga de descender de Su Majestad: imposible hallar puesto más contrario al de un padre que anotó más de 1,200 goles, que cuidar porterías) y ha cargado con varias condenas legales bajo acusación de actividades relacionadas con el narcotráfico (recientemente fue sentenciado a 33 años en prisión). Ese día, además estaba presente Joshua, el menor de los herederos de O Rei, quien milita en el equipo juvenil del Santos. Rodeado por dos hijos de edades tan dispares, Pelé se veía feliz, cómodo, protegido. A poco de iniciar el Mundial 2014, el Santos celebraba la firma de un convenio con UNICEF y el crack mayor emergía con la sonrisa de siempre, llenado el recinto, haciéndose dueño inmediato de cuantos estábamos ahí.

 

Su popularidad había caído a máximos históricos unos meses antes, cuando en la Copa Confederaciones 2013 pidió a los jóvenes brasileños que dejaran las protestas y dieran prioridad al apoyo a la selección, pero aun así mantenía su efecto magnético, ese halo mágico. Prensa, directivos, jugadores de su época y de la nuestra, todos le clavaban la mirada con estupefacción. En el salón contiguo, el museo del club Santos es en buena medida un museo sobre él. A medio kilómetro, las instalaciones del equipo poseen una serie de espléndidos grafitis que retratan algunos momentos de su carrera y una frase inolvidable a cargo del poeta Carlos Drummond de Andrade: “Lo difícil, lo extraordinario, no es hacer mil goles como Pelé. Es hacer un gol como Pelé”.

 

Unos días atrás se cumplieron 45 años de ese gol mil; un penalti cobrado en Maracaná en contra del Vasco da Gama. Su imagen ese día, cargada de emotividad y proclive a ser abrazada por multitudes extrañas, es la misma: su semblante apenas arrugado, su cabellera, su postura, incluso su peso o medida de abdomen, también.

 

Por ello cuesta concebir que Pelé hoy esté internado bajo cuidados intensivos. Porque tiene 74 años, pero nos hemos habituado a que casi todo es alterable en este mundo, menos él, eterno atleta, eterno genio del balón, eterna majestad deportiva.

 

 

 

 

 

Alberto Lati

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