Qatar quiere todo y ahora

Alberto Lati

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Una sonrisa que interpreté como si supusiera incredulidad. Era abril de 2008 y Joseph Blatter rió cuando me explicó que Doha deseaba ser sede tanto de la Copa del Mundo como de los Olímpicos.

 

Nos encontrábamos en las recién estrenadas oficinas de la FIFA en una colina con vistas al lago Zúrich y el titular del organismo se refería con sentido del humor a que países como Qatar o Azerbaiyán buscaban albergar los grandes eventos del deporte.

 

Hasta aquel momento, previo además al Mundial de Sudáfrica y la crisis europea, costaba creer que la FIFA aceptara llevar su máximo torneo al Golfo Pérsico. El brazo fuerte de los esfuerzos logístico-deportivos qataríes, Mohammed bin-Hammam, seguía siendo un cercano colaborador de Blatter y nada hacía intuir que se convertiría en su rival por la presidencia (circunstancia que detonaría su purga bajo acusaciones de corrupción tras años más tarde).

 

qatar 2

 

Pero en aquel momento Qatar acababa de conquistar el derecho para organizar su primera competición más o menos grande, los Mundiales de atletismo bajo techo que serían a inicios de 2009. Es cierto que a mediados de los años 90, el emirato gobernado por la familia Al-Thani tuvo un Mundial de futbol sub-20, hecho que no implicaba mayor punto de inflexión al haber sido ya albergado por naciones “atípicas” como Malasia, Túnez o Arabia Saudita.

 

En 2010, a sólo dos años de ese diálogo, Qatar ya tenía su sede mundialista, apuntaba a la olímpica y a la del quizá siguiente certamen deportivo en relevancia, como lo son los Mundiales de atletismo, además de competiciones de gimnasia, ciclismo, natación, balonmano y boxeo.

 

Doha se cayó en la penúltima etapa de la carrera por los Olímpicos de 2020 que finalmente conquistaría Tokio, pero eso fortaleció su deseo de quedarse los Mundiales de atletismo. Al primer intento, Londres, con la infraestructura de 2012, le ganó la votación para 2017; al segundo, realizado esta semana, Qatar derrotó a Barcelona y se ha quedado con 2019.

 

Las mismas críticas que rodean al Mundial 2022 han brotado de inmediato: el pago de una fuerte cantidad (37 millones de dólares) para asegurar ser electa, el sistema de empleo casi medieval de los inmigrantes que erigirán las instalaciones, los derechos humanos en general y las temperaturas.

 

Los estadios podrán climatizarse, pero no los circuitos de maratón o marcha; aunque Qatar 2019 será en octubre, esas competencias deberán ser por la noche para evitar registros mayores a los 35 grados. En todo caso, el verdadero problema es la salud de quienes levantarán los complejos deportivos; Qatar insiste que mejorará sus condiciones laborales, algo que no ha sucedido con el Mundial de futbol y que la FIFA no ha podido (o sabido) remediar.

 

Como insistía aquella canción de Queen, Qatar lo quiere todo y lo quiere ahora. ¿Cuánto tiempo pasará para que reciba su sede olímpica? No demasiado. Sobre todo cuando los países que antes pujaban gustosos por estos eventos, han cerrado la llave de recursos para levantar escenarios en cada esquina de una ciudad.

 

Quizá Blatter se reía por eso: porque sabía que en el Golfo Pérsico quedaban yacimientos económicos para los torneos más estrafalarios y derrochadores. ¿O quizá fue por incredulidad?

 

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