La Dictadura Perfecta (Dir. Luis Estrada)

 

El séptimo largometraje de Luis Estrada, La Dictadura Perfecta, que estrena este fin de semana con 1,200 copias (cuatro veces más que las de su anterior cinta, El Infierno) representaba una suerte de complicada prueba para el director mexicano.

 

Luego de sufrir a la vez que exhibir la torpe censura gubernamental que pretendía detener la exhibición de La Ley de Herodes (1999), Estrada hizo de aquella cinta un modelo para exhibir los males sexenales: la política neoliberal zedillista en Un Mundo Maravilloso (2006), la fallida guerra contra el narcode Felipe Calderón en El Infierno (2010) y ahora el complot que supuestamente encumbrara a Peña como presidente con La Dictadura Perfecta.

 

Pero el México de 1999 no es el mismo que el de 2014. Si antes mencionar al PRI por su nombre y exhibirlo como corrupto era considerado un escándalo, en pleno 2014 la burla y el denuesto (merecido o no) a cualquier gobernante -Presidente de la República incluido- es algo que se vive todos los días, particularmente en las redes sociales. Lo que en 1999 era impensable, 15 años después no sorprende a nadie.

 

Ya sin el siempre útil trampolín de la censura, Estrada tendría que hacer algo más que simplemente atreverse, algo más que recurrir al chiste fácil, su crítica de brocha gorda exige estar revestida de humor, inteligencia y desparpajo para ser efectiva y no convertirse en un meme de internet proyectado en pantalla grande. Desgraciadamente no lo logra.

 

Como nunca, Estrada se da vuelo haciendo referencia a hechos reales (los videoescándalos, las facturas filtradas de Televisa, el caso Paulette, el pésimo inglés del presidente Peña, entre otros) aunque sin aludir por nombre a los involucrados. Aquel que hace 15 años no le costó trabajo mencionar al PRI por sus siglas, hoy es increíblemente más cauto y juega a las adivinanzas: el director de “la televisora” es un tal Pepe (¿Bastón?), el productor es un tal Carlos (¿Loret?), el jefe de ambos -que nunca sale a cuadro- es Alejandro (¿Quintero?) y así por el estilo.

 

Pero la caricatura de lo ya de por sí caricaturesco no causa risa, mucho menos cuando el objetivo de la película pareciera “decir verdades” antes que hacer humor. El desarrollo de su esquizofrénica trama se vuelve un juego de identificar hechos y personajes, pero ello no es suficiente para que sea divertida, mucho menos memorable.

 

No hay personajes de peso; se extraña al Cochiloco (El Infierno), o un ancla moral como lo era El Benny (ídem) o el vagabundo de Un Mundo Maravilloso. Ni Damián Alcázar, en su ya muy sobado personaje de político corrupto puede levantar la cinta. La excepción sería Tony Dalton, que interpreta con inusual convicción al director de la televisora, único personaje que realmente se divierte (qué envidia) en la película.

 

Y es curioso, porque si bien la cinta busca “exhibir” a Televisa como poder fáctico, lo cierto es que en su caricatura Estrada termina dibujando a los “televisos” como seres sumamente profesionales, inteligentes, que jamás aceptan sobornos (nunca se permiten ir de fiesta con las escorts del gober) y definitivamente mucho más competentes que cualquier nivel de gobierno.

 

La ironía va más allá; ¿cómo entender que la propia Televisa haya producido la cinta (aunque al final rompió el acuerdo de distribución)?, ¿cómo entender que el propio Estrada haya aceptado el dinero de aquellos que -según su cinta- son tan cínicos y corruptos como para incluso comprar la presidencia?

 

Reiterativa, cansina, con una peligrosa falta de humor, la cinta es deficiente como comedia y como panfleto; vamos, hasta Olallo Rubio en Gimme the Power (2012) era más directo en sus ataques a Televisa en comparación a esta versión tibia del otrora incendiario Luis Estrada.

 

La Dictadura Perfecta (Dir. Luis Estrada)

2 de 5 estrellas.