Bien puede decirse que en el momento más delicado de su historia, el Guadalajara no sólo ha recurrido al director técnico más exitoso de una generación, sino al último que triunfó entrenando al cuadro rojiblanco (o al único que logró hacerlo en la convulsa era de Jorge Vergara).

 

Sin embargo, también ha de considerarse que muy posiblemente hoy no haya otro personaje con una relación más desgastada respecto al medio futbolístico mexicano.

 

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Son dos caras, acaso como las dos, por completo opuestas, que ha ofrecido José Manuel Chepo de la Torre: en ocasiones, el líder sereno, seguro, coherente, fresco, inspirador; en otras, el hombre desbordado por la presión, ansioso, peleado con el mundo, rígido, aferrado a unas ideas, paranoico.

 

Como no puede ser de otra forma, la primera de esas caras ha brotado en los éxitos (que, por fatal que haya sido su 2013 en el Tricolor, no puede olvidarse que han sido demasiados: tres ligas con clubes y una Copa de Oro con México), y la segunda bajo condiciones críticas. En todo caso, Chivas sabe que apela a un tipo perfeccionista y exigente, estudioso e intenso.

 

Justo cuando asumió el banquillo del Tri y mucho antes de que esa luna de miel reventara, efectué una larga entrevista a Chepo. Su semblante relajado contrastaba con el que había proyectado constantemente en Chivas y Toluca. Sobre eso hablamos y, en tono pausado, incluso simpático, me contestó: “Es lo que me dicen mis hijos, me ven tranquilo. La verdad, desde que me operé la cadera me cambió todo y estoy más tranquilo que nunca… Mira, hasta me río… Hace unos seis o siete meses me operé. Lo que pasa es que antes no podía ni dormir. Mis hijos me dicen: ‘Te cambió la cara, papá… Si nada más te operaste la cadera, ni que te hiciste qué’”.

 

El tiempo demostraría que más allá de cirugías y percepciones de su familia, su carácter no había cambiado. Llegados los momentos de turbulencia, esa relación tronó. ¿En el empate a cero con Jamaica ante un Azteca que pitaba? ¿En la igualada en Honduras cuando México desperdició dos goles de ventaja? ¿En las conferencias de prensa? ¿En el vestuario? ¿En las reuniones de dueños? ¿En la Copa Confederaciones? ¿En la Copa Oro con otro grupo completamente distinto? Si algo tengo claro, en todo caso, es que el plantel no intentaba tumbar al seleccionador y que los directivos lo respaldaron al límite máximo; hubo una espiral de desconfianza de la que ya nunca los pudo sacar… y su temperamento no ayudó, como tampoco su ensimismamiento y su manera de buscar despertar al colectivo. Al final, Chepo parecía solo y en esa soledad aferrado a cargar con una Selección al borde de no ir al Mundial.

 

Trece meses han pasado desde su salida del Tri y el destino ha querido que regrese en una situación parecida. No es la Selección, pero sí el equipo más popular de México; no se teme quedar fuera de una Copa del Mundo, pero sí un descenso. En sus manos está otra vez uno de los mayores negocios del balompié nacional.

 

Chepo tiene claro para lo que ha sido contratado y ya es de agradecerse que, a diferencia de sus antecesores, haya admitido la dramática realidad del Rebaño, la necesidad de sumar para salvarse, la naturaleza de su misión.

 

El Guadalajara sabe que la simple presencia de Chepo implicará que si las cosas no inician bien, la presión será exponencial. Por contraparte, muchos puntos: está su hermano Néstor para allanarle el camino y que pueda limitarse a hacer lo que sabe, que es dirigir; está el primer proyecto chiva en años que parece tener sentido, que luce ajeno al tejemaneje de Vergara; está un plantel que, sin duda, da para más (al margen de conflictos previos con Ángel Reyna, aunque, ¿con quién no los ha tenido este jugador?); está una afición tan sedienta de alegrías que ya olvidó lo que se siente desear ir al estadio; está un reto propio para valientes; y está él, un técnico exitosísimo que nació futbolísticamente en esa cuna, que necesita una reivindicación de ese tamaño, que tiene que haber aprendido mucho de lo que experimentó en el pasado.

 

¿Lugar idóneo para volver? Depende de cuál de los dos Chepos haya llegado. O más bien, de cuál de los Chepos termine por asentarse en ese quemante banquillo, en esa quemante situación.

 

Alberto Lati

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