Durante más de un año, aparentó ecuanimidad. A toda pregunta relativa al referéndum que definiría la separación o permanencia de Escocia en la Gran Bretaña, el tenista Andy Murray respondía divagando y sin comprometerse. Su cara más política llegó a ser una declaración por demás obvia: “Si Escocia se independiza, entonces me imagino que jugaré para Escocia”.

 

Meses antes se había convertido en el primer británico en coronarse en Wimbledon en más de tres cuartos de siglo. Al tiempo que se envolvía en la bandera británica sobre el sagrado césped londinense, el líder independentista escocés, Alex Salmond, ondeaba la escocesa en las gradas, algo que, según afirmó públicamente, no agradó al tenista.

 

La primera vez que me animé a preguntar en un pub londinense por Andy Murray, a principios de 2011, la respuesta fue acalorada y arrebatada. Me hablaban de todo menos de dotes con la raqueta. Entonces algún interlocutor más objetivo subió la voz y reseñó: “pobre muchacho… Si gana, es británico; si pierde, es un bloody Scottish”.

 

Su temperamento y actitud no ayudaban (un tipo al que por entonces se acusaba de hipocondríaco y falto de carácter), pero mucho menos algún rumor de que en un partido Inglaterra-Paraguay del Mundial 2006 fue visto con un uniforme paraguayo.

 

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Su fama de anti-inglés tiene como origen natural que el común de los escoceses (incluso con algún cuarto u octavo de ascendencia inglesa) lo son. Y que cuando surgía como talento, en una entrevista compartida con el entonces número uno británico, Tim Henman, un reportero le insistiera que a quién apoyaría en el Mundial, toda vez que el equipo de Henman (Inglaterra) sí había calificado y el suyo (Escocia) no; la respuesta de Murray fue en pleno humor escocés, aunque después asegurara que se le sacó de contexto: “A quien sea menos a Inglaterra”, dijo.

 

Con la insistencia de si Murray representa a Escocia o a Gran Bretaña en cada set disputado, me viene a la mente uno de los diálogos iniciales de la película más influyente que se haya filmado en Escocia en décadas. En Trainspotting, Tommy pregunta al personaje principal, Renton: “¿No estás orgulloso de ser escocés?”, a lo que viene una larga y ofensiva perorata: “¡Es una mierda ser escocés! Somos lo más bajo de lo más bajo… la porquería de la maldita tierra. La más desolada, miserable, servil, patética basura que haya sido tirada en la civilización. Algunos odian a los ingleses. ¡Yo no! Ellos sólo son imbéciles… Y nosotros, por nuestra parte, fuimos colonizados por imbéciles. Ni siquiera pudimos encontrar una cultura decente para que nos colonizara”.

 

Murray no se involucró, como sí lo hizo otro escocés, Sir Alex Ferguson, en la campaña por mantenerse integrados al Reino Unido, aunque tampoco en la que pujaba por independizarse…, hasta este jueves, día del referéndum. En una subida a la red de último instante, clavó una inesperada volea: “¡Inmenso día hoy para Escocia! La negatividad de la campaña del «No» en estos últimos días ha cambiado mi forma de ver las cosas. Emocionado por conocer el resultado. ¡Vamos a hacerlo posible!”.

 

Por lo pronto y mientras se definía la eventual separación tras 307 años compartiendo país, Murray asumió un elevado riesgo. Bien sabía que de imponerse el “No”, representará a Gran Bretaña en los próximos Olímpicos de Río de Janeiro y, de conquistar otra vez la medalla de oro, será escuchando en el podio el “Dios salve a la reina”.

 

¿Riesgo no calculado o ha podido más su nacionalismo?

 

Alberto Lati

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