Episodio, como todo lo que sucede desde hace unos meses en Ucrania, que parece extraído de otra época o de otro continente.

 

Así como los jugadores húngaros que en 1956 no volvieron a su país al encontrarse jugando un partido de copa europea mientras los tanques soviéticos entraban a Budapest. Así como la selección vasca que dejó la España de la Guerra Civil para recaudar fondos y terminó inscrita en el campeonato de liga de México. Así como refugiados de toda confrontación, sea en Congo, en Irak, en la extinta Alemania Oriental, que tenían como particularidad dedicarse al futbol y haber huido. Así, en la Europa de 2014.

 

Diez semanas atrás compartíamos en este espacio el rol que podía llegar a desempeñar en la crisis ucraniana el poderoso propietario del club Shakhtar Donetsk, Rinat Akhmetov. Explicábamos que el magnate había sido acusado de reunirse con Vladimir Putin y de financiar a los rebeldes pro-rusos.

 

Hablábamos de su caudal económico, estimado por Forbes en unos doce mil millones de dólares, lo que lo mantiene entre los cien personajes más ricos del mundo. Aludíamos al peso de sus 300 mil fieles empleados dispuestos, según ha repetido, a apoyarlo ante cualquier decisión o circunstancia. Calculábamos que su inclinación a una causa u otra, hasta ese momento vacilante, podía ser definitiva en el devenir del conflicto.

 

Ahora, la joya más preciada del imperio Akhmetov, como lo es ese equipo en el que invierte (o derrocha) cien millones de dólares anuales en fichajes, ha sufrido un fuerte revés; han desertado cinco elementos brasileños y uno argentino, a quienes en breve podría añadirse el nombre del mundialista verdeamarela Bernard, máxima promesa de la institución.

 

shaktar

 

El Shakhtar tiene en su plantel casi tantos brasileños como ucranianos, la mayoría tomando esta etapa como escalón a una liga más renombrada y una cultura más afín a su tierra natal. No obstante, el modelo ha funcionado con una indiscutible hegemonía a nivel doméstico (ocho ligas conquistadas de las últimas diez) y con una ya importante presencia a escala continental (con la consecución de la Europa League en 2008-09 y los cuartos de final en Champions de la 2010-11). Akhmetov además ha construido en Donetsk uno de los estadios más modernos del mundo y unas instalaciones superiores a las de varios grandes de Europa occidental.

 

La directiva del Shakhtar apuntó la culpa al agente de algunos jugadores, quien, según acusan, busca sacar tajada del conflicto al exigir la liberación de vínculo de sus representados. Al tiempo, Rinat Akhmetov ha lanzado palabras contundentes: “Los jugadores tienen contratos que deben acatar. Si ellos no vienen, creo, van a ser los primeros en sufrir. Cada uno tiene una cláusula de rescisión mínima que es de decenas de millones de euros. No habrá venta de liquidación”. A lo anterior, agregó garantías: “No vamos a tomar riesgos y en cualquier caso no vamos a llevar a los jugadores a lugares peligrosos. Queremos jugar en Donetsk, pero, por desgracia, en este momento no podemos hacerlo. Jugaremos en el lugar que se nos permita”.

 

Si dijo que los jugadores podrían ser los primeros en sufrir, el primero que puede dar fe de que no miente es Nery Alberto Castillo, quien osó enfrentarse al emporio Shakhtar y a su patrón, Akhmetov, cuando lo ficharon por veinte millones de dólares en 2007.

 

Con la crisis agudizándose en Ucrania y la liga ucraniana de futbol mudando partidos de sede, inclusive de fecha, se abre un período tenso. Seguramente los promotores y representantes intentarán capitalizar la circunstancia, aunque al mismo tiempo será difícil forzar a los futbolistas a regresar a donde temen hacerlo.

 

Tarde o temprano la FIFA tendrá que decidir. Akhmetov moverá todo lo que puede (que es demasiado) para que la decisión sea favorable a su juguete consentido: esos once futbolistas apodados Gyrnyky (mineros) y ese equipo llamado Shakhtar (traducible como “mina”), en honor a una localidad que 150 años atrás no existía, e irrumpió junto con los grandes yacimientos de carbón que hacen tan estratégica y disputada a Donetsk.

 

Geopolítica pura, pero con balón.

 

Alberto Lati

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