El primer error de cuanto se dijo el domingo y se repetirá acaso por los siguientes cuatro años (qué fastidio: ¡otros cuatro años!), es aquella frase de que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Primero, jugamos como ya es casi una costumbre que lo hagamos, como ya se ha hecho en varios de los últimos Mundiales, como ya se ha demostrado que se puede y se sabe jugar; de ninguna forma como nunca, de ninguna forma sin precedentes. Y, segundo, porque no perdimos como siempre: perdimos con todavía mayor crueldad; en esto de los rituales del dolor, triste enfrentarlo, siempre hay forma de que se sufra más, de que duela más, de que supure más.

No culparé a Arjen Robben: hizo algo que, moralmente criticable o no, es parte de este deporte (parte obscura y desagradable, pero parte no erradicada). Algo que si hubiera sido realizado con semejante éxito por cualquier ofensivo tricolor, estaría siendo calificado como picardía o incluso justicia divina. Que el jugador reconozca el fingimiento de la caída ante un medio de su país, francamente nos da lo mismo: ningún problema tiene en admitir que robó algo quien sabe que tras decirlo no deberá devolverlo.

Tampoco culparé al árbitro Pedro Proença y miren que la tentación (al menos como desahogo) es inconmensurable: nos perjudicó de forma grosera en pleno tiempo de compensación, aunque antes ya se había equivocado para los dos lados en jugadas grandes.

Si algún aficionado a la recolección de leña de árboles caídos lo esperaba, mucho menos culparé a Rafael Márquez, capitán imperial en esta Copa del Mundo, o a alguno otro de los seleccionados. Tampoco, ni remotamente se confundan, a un director técnico que nos ha colmado de ilusión con su peculiarísimo liderazgo, que nos ha llenado de orgullo, que ha tomado un equipo en cenizas y con él ha levantado tamaño proyecto.

Culparé, sí, a haber renunciado tan evidentemente a preocupar a los holandés tras abrir el marcador. Culparé, sí, a haber reaccionado con mayor pesadumbre al gol propio de lo que el rival lo hizo con un gol ajeno. Culparé, sí, a haber soltado los hilos del medio campo, como no se había hecho en casi cuatro partidos completos (casi: horripilante palabra hoy como antes tantas veces). Culparé, sí, a haber cedido tal cantidad de tiros de esquina al país con población más alta del planeta. Culparé, sí, a las pérdidas de balones en la salida. Culparé, sí, a nuestra incapacidad para ganar en duelos mundialistas a eliminatoria directa.

Para llegar al quinto partido teníamos que haber sido impecables y no lo fuimos. Más impecables que Holanda, sin duda, aunque eso sólo sirve para llenar de mayor bilis este coraje.

 

Terminado el partido preguntaba a Javier Aguirre en diálogo informal: ¿nos echamos para atrás o nos echaron para atrás? Y él se refería a la cantidad de veces que le ha sucedido con numerosos equipos a los que ha dirigido que sin alguna indicación, se dé el repliegue: sea por postura inconsciente en la cancha, sea por presión rival, sea por una combinación de las dos.

La dolorosa realidad es que más allá de Robben y de Proença, recibimos el empate a uno en una buena jugada prefabricada de los holandeses (producto obvio de tantos tiros de esquina cedidos, producto a su vez de tanta iniciativa cedida). Y que ese gol también fue el siguiente: lo mismo pudo caer de otra forma en la compensación, en los tiempos extra o en los penales. Fue un puñetazo de los que dejan noqueado por varios segundos, suficientes para sólo salir de la esquina del cuadrilátero volviendo a caer a la lona.

El desenlace en Brasil 2014 ha sido el mismo: que, en el momento cumbre algo ha fallado; que, a ese estigma no logramos escapar; que jugadores, aficionados y periodistas nos vimos auténticamente en cuartos de final; y que cuando despertamos de tal ensoñación, el árbitro había pitado y nuestro Mundial ya se había acabado.

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Alberto Lati

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