Suficiente mérito ya había implicado ser campeón del mundo precisamente después de haberlo sido de Europa y mucho más haber vuelto a coronarse en el viejo continente a dos años de la copa conquistada en Sudáfrica 2010.

Hasta antes del hito de esta selección española, levantar los tres títulos más grandes en cuatro años había resultado inaccesible incluso para las mejores generaciones. Y es que las relaciones se desgastan y el hambre se acaba, pero, más difícil de remediar todavía, la inevitable marca del tiempo: que los futbolistas envejecen.

Ese era en específico el reto de Vicente del Bosque para Brasil 2014: renovar lo justo y evitar que brinquen saciados a la cancha quienes ya lo devoraron todo (en una entrevista en 2013, el optimista seleccionador me intentaba asegurar lo contrario: “Es demasiado fácil porque la vida de un futbolista es muy corta y deben aprovechar todo al máximo”).

Para ser campeón hace falta tener suerte tanto como talento. Y la estrella (acaso por meras probabilidad y estadística), parece habérsele apagado a quienes con tanto ahínco les sonrió entre 2008 y 2012. No tengo duda de que nadie en el planeta hizo un futbol de la calidad del bordado por España durante esos años, pero también es obvio que sin esa cuota de azar, ningún título habría caído.

Precisamente un filósofo español, José Ortega y Gasset, insistió en aquello de “soy yo y mi circunstancia”; pues eso también alude a un equipo… Y la circunstancia española, ahora tan pesada, fácilmente podría ser otra.

Contra Holanda, para no ir más lejos porque no hay a dónde, los ibéricos estuvieron a centímetros de ponerse arriba por dos goles justo en la acción que precedió a la igualada naranja. Si David Silva anota, incluso no es descartable que en el segundo tiempo la goleada se hubiera teñido de rojo. Entonces no hablaríamos de vejez, ni de decrepitud, ni de cansancio crónico, ni de relevo generacional, ni de fin de ciclo.

Como en película de terror, todo lo demás aconteció demasiado rápido: España cedió espacios, Holanda es un maestro para contraatacar, Iker Casillas evidenció lo que ya se vio en la final de Champions, sus defensas lucieron rebasados por todo y el arquitecto Xavi se quedó con los planos en la oficina (y sin su trazado de tiempos y espacios, triste admitirlo, poco queda).

16 de los 23 convocados por del Bosque estuvieron en Sudáfrica 2010, pero diez de ellos ya vienen desde la Eurocopa 2008. Por joven que haya sido aquel plantel, seis años son muchos y el desgaste existe. España ha seguido produciendo talento a granel, aunque con la disyuntiva respecto a cómo incrustarlo en un proyecto que tantos frutos ha rendido: ¿a quién sentar?, ¿a quién desplazar?, ¿bajo qué riesgo?, ¿a quién y cómo involucrar?

Tras el tornado naranja (que ha sido la peor goleada jamás recibida por un campeón defensor), es cómodo y un tanto artero criticar a Vicente del Bosque. Se aferró al bloque que llenó de gloria a su país en años pasados y si dio pauta a valores emergentes fue, en casi todos los casos, como suplentes. ¿Le dio miedo renovar? ¿Tuvo que haber cambiado más? Fácil opinar a posteriori: se la jugó a lo que creyó y lo que ha creído casi siempre ha salido.

Ahora, España tiene que ganar sus dos partidos e incluso así podría verse marginado por diferencia de goles. Si avanza, es tan candidata como hace una semana.

El caso español ya implicaba mucha trampa desde que cerró la Eurocopa 2012. El caso español implica todavía más trampa tras la debacle frente a Holanda. Sólo, no seamos absolutos; sólo, no dejemos de entender que existen las circunstancias, mismas que el viernes se tradujeron en una tormenta perfecta.

 

Alberto Lati

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