Para dimensionar lo que representará no poder ver al colombiano Radamel Falcao en el Mundial, basta con decir que se encuentra, indiscutiblemente, entre los diez mejores futbolistas del planeta (o incluso más arriba en la lista).

Lo anterior se agrava por un factor fundamental: que Falcao es más importante y determinante para su selección que el común de los cracks (acaso sólo superado por Cristiano Ronaldo, sin cuyo concurso Portugal resulta un cuadro burdo y sin pegada).

 

Radamel es desequilibrio nato, es liderazgo en la más positiva de sus formas, es remate fino o potente de acuerdo a lo que se necesite, es un carisma inconmensurable, es gol, es hacer mejor a cada momento a sus compañeros, es certeza. Sin él, Colombia difícilmente hubiera calificado al Mundial; sin sus nueve goles en la eliminatoria, sí, pero también sin su presencia que desde el eje de ataque llena la cancha.

 

Especialista en anotar goles decisivos, hasta en cinco finales se ha ocupado de perforar las redes rivales para cargar a su equipo hasta el podio.

 

Astro que, salvo por una milagrosa recuperación, no podrá disputar el gran torneo. En su cuenta de Twitter,  a menudo fuente de comentarios optimistas y simpáticos, se dijo destrozado, y no es para menos.

 

Cada cuatro años hay irremediablemente un listado de célebres ausencias por lesión: Alfredo Di Stéfano en 1962, Marco van Basten  en 1994, Steven Gerrard en 2002, Michael Ballack en 2010, son algunos ejemplos. Por mera probabilística, entre más se juega antes de un Mundial, más posibilidades hay de sufrir algún problema físico, aunque diría Blaise Pascal que “la mayoría de los males le vienen al hombre por no quedarse en casa”, es decir, si sales (o, peor aún, si juegas) estás en automático expuesto.

 

Inglaterra ya verá cómo sustituye a Theo Walcott, y Australia a Robbie Kruse, y Chile a Humberto Suazo, y Ecuador a Jayro Campos, y Alemania a Sami Khedira si como parece no se recupera… Pero lo de Colombia sin el Tigre Falcao luce mucho más complicado: más que una ausencia, pinta como una orfandad.

 

El goleador tendría que reducir a cuatro meses una rehabilitación que suele ser de al menos seis. Por ello dijo contundente: “cuento con una esperanza del tamaño de un grano de mostaza a la cual me aferro”.

 

Visto como la imagen más positiva en su país, activo incluso en el proceso de pacificación de las FARC, familiar, mesurado, sonriente, gigante en el área, Brasil 2014 tiene una inmensa pérdida.

 

Sin Radamel, el Mundial no será el mismo. Sin Radamel, cuesta imaginarse al conjunto colombiano. Sin Radamel, incluso los momios ya han cambiado. Y sin Radamel, uno de los mejores del mundo hoy, será la competencia que todo niño sueña con jugar.

 

Infame lista. Tan infame como inevitable. Porque para jugar futbol hay que salir de casa, y saliendo de casa, ya dijo Pascal, siempre algo puede suceder.

Alberto Lati

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