En el libro Un tiempo de rupturas, el historiador Eric Hobsbawm concibe a los festivales como una forma de conocer otro país, a otros pueblos. Por tanto, la califica como una actividad muy importante para la cultura del siglo XXI. Sin embargo, ¿de verdad México se preocupa por cumplir esta finalidad de los festivales de música?

 

Hace unos 50 años, México tenía una grave enfermedad, adolecía de cualquier tipo de espectáculo musical. Basta con recordar al “Regente de Hierro”, Ernesto Uruchurtu Peralta, quien en la década de 1960 se encargó de exterminar los “toquines” en bares y cafés e, incluso, implantó leyes para que estos no cerrarán más allá de las 12 de la noche.

 

Unos años después, los jóvenes disidentes de la época intentaron encontrar un alivio a la dolencia, que a la vez ligaba la música con la conciencia política. El 11 y 12 de septiembre de 1971 se realizó el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, probablemente el primer evento masivo en la historia del país, con unos 250 mil asistentes. Desgraciadamente, el efecto tuvo corta duración y la afección volvió a aquejar a la escena musical con un cáncer llamado Luis Echeverría, el presidente que prohibió cualquier tipo de acto en vivo.


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En 1998 inició el primer tratamiento para combatir esta enfermedad. El Vive Latino era una especie de milagro que intentaba revivir al muerto. No obstante, desde su creación, siempre incluyó a un artista anglosajón. Y en los últimos años las llamadas “cabezas de cártel” han sido acaparadas por estas agrupaciones. Entonces, ¿qué tan latino era?

 

Lo anterior demuestra que su principal patrocinadora, la Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma, decidió violentar la identidad del “mayor festival de música latinoamericana” para incrementar sus ganancias, las cuales, más que mantenerse, iban en descenso. Al darse cuenta de la pobreza del rock latino para mover a las masas y de la necesidad de traer músicos de otras latitudes para atraer gente.

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Mientras tanto, en el lustro pasado otras empresas se pusieron las pilas para satisfacer la demanda de música internacional, principalmente la denominada indie, tan arraigada en los jóvenes mexicanos. El MotoROKR Fest, el Coca Cola Zero Fest, el MX Beat… y una larga lista de otros tantos “fests”.

 

A las industrias telefónicas, refresqueras y tabacaleras al parecer no les salió la inversión. Sus espectáculos cayeron en el cementerio del olvido después de una o cinco ediciones. Sobre todo a Marlboro. Las trabas legales que enfrenta actualmente el cigarro fueron un obstáculo para darle seguimiento a esta promoción de la marca.

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Éstos fueron sólo síntomas de un nuevo trastorno denominado “festivalitis”, probablemente contagiado de países como Estados Unidos o Gran Bretaña, (que cuenta con más de 500 festivales, incluido el de Glastonbury, el más importante de todos. Y, en la actualidad, al parecer el mayor dolor de cabeza es el Corona Capital.

 

Quizás en ocasiones se cumple uno de los objetivos de Hobsbawm: reunir a la gente que le interesa un tipo de música que no a todos agrada. No obstante, pocos son quienes verdaderamente acuden para darle oportunidad a nuevas propuestas musicales y escuchar a sus bandas.

 

Por el contrario, otros van a divertirse, beber, bailar, saltar, pero no a disfrutar de la música. Los asistentes sólo gastan su energía y su dinero en cerveza, marihuana y música.

 

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Los conciertos masivos en su mayoría representan un distractor para la población juvenil acrítica. Los grandes consorcios mexicanos aprovechan para enriquecerse cada vez más a costa de los bolsillos de los adolescentes (o el de sus papás).

 

Los festivales de música ahora representan un negocio y ya no más un elemento cultural ni de conciencia política. El problema está en que hay demasiados factores que desvían la atención para no fijarse en lo verdaderamente importante. Bill Clinton lo dijo alguna vez: “es la economía, imbécil”.

 

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