Momentos como el que viven las Chivas permiten comprender lo idóneo e irremplazable del nombre de este tipo de partidos: clásico es aquello no perecedero, eso que no pasa de moda, tal situación, objeto, actitud, faceta, rivalidad que, circunstancias al margen, no pierde vigencia.

 

Al cotejo de este fin de semana llega el mejor de los Américas posibles contra el que es probablemente el peor club Guadalajara posible, y es que la balanza disfruta de someter a su implacable péndulo a esta variante del deporte: el que uno ande muy bien multiplica la crisis del otro, la marcha triunfal de unos hurga dolorosamente en la herida de los otros.

 

Si dos grandes están en plan estelar, entonces el clásico dirime al genuino mandón de cierto país. Pero si uno se halla extraviado en la melancolía de tiempos mejores y el otro galopa incontenible, entonces el clásico toma tintes morbosos.

 

Las Águilas saben que, dado su arrollador presente, para este sábado no vale otra cosa que bailar al acérrimo rival: ¿golear?, ¿pasearse?, ¿despedazar? Menos que eso sería poco para un equipo que iba líder incluso con dos choques pendientes, que recientemente fue campeón de la forma más épica, que ha devuelto al estadio Azteca la condición de fortín, que funciona como reloj sin inmutarse por quien falte en su once inicial, que saca veinte puntos en la tabla al Rebaño.

 

En tanto, Chivas tiene claro que su maltrecho orgullo hoy no resiste más suturas, que su afición está lastimada y su heroico pasado ha sido recurrentemente mancillado, que las promesas de la directiva en mera mercadotecnia han quedado, que otro torneo se largó irremediablemente al traste, que ganar pasó primero de rutina a hábito ocasional y después a excepción, que los mejores del país en cada posición ya no juegan –y no es algo reciente– vestidos de rojiblancos.

 

Imponerse en el partido de partidos es el único bálsamo que se vislumbra a muchos kilómetros a la redonda. Contra su rival regional, el Atlas, que también ha jugado un certamen paupérrimo, el chiverío subsistió sólo por piedad y gracia del árbitro. Contra el América necesita una tormenta perfecta: quizá gol tempranero, quizá inspiración de cada uno de sus hombres, quizá infortunio de los pilares del otro lado, quizá astros alineados, quizá todas las anteriores… Y, además, hacer precisamente lo que no ha hecho en meses y que los de Coapa no hagan lo que se han acostumbrado a hacer en cada aparición.

 

El término “clásico devaluado” se ha utilizado desde mucho tiempo atrás y, por sí mismo, me parece una paradoja: si concedemos que el mal paso de alguno de los contendientes lo devalúa, es señal clara de que no es clásico; si, pase lo que pase, arde esa pasión, es porque nos encontramos cara a cara frente a un modelo con carácter de canon, frente a algo que se mantendrá perpetuamente en boga.

 

Lo mejor de un América-Guadalajara para mí, radica en su sencillez: ni choque religioso, ni choque étnico, ni choque político… Dirán que América es el poderoso y Chivas el popular, tesis refutada en la variopinta procedencia de sus aficiones y en lo poco polarizado que luce el estadio. Dirán que es algo regional, lo cual pierde sentido con la cantidad de Chivas chilangos (como los hay en cada zona de México) y la de Águilas tapatíos. Juan Villoro narraba el diálogo sostenido con un interlocutor argentino cuando asistió a un River-Boca: “He escuchado que en México el equivalente de un hincha de Boca puede estar al lado de un hincha de River en el mismo partido y no se matan, ¿es cierto?’. Yo le dije sí y su respuesta me pareció inolvidable: ‘Uy, pero qué degenerados’”.

 

Esa degeneración es, acaso, el primero de los baluartes de nuestro clásico. Baluarte cada vez más amenazado que no se puede perder.

 

Alberto Lati

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