Le apodaron inicialmente Clásico Joven por haber surgido cuando las enemistades del futbol mexicano ya estaban más que definidas e instauradas: era el nuevo clásico, el más tardío en nacimiento, el de menor edad.

 

Consideremos que Cruz Azul fue fundado apenas a fines de los cuarenta; tomemos en cuenta que fue inscrito en segunda división recién en 1960; y no olvidemos que su debut en primera división se dio hasta 1964. Entonces, al llegar la Máquina, ya había toda una dinámica consumada y echada a andar: los regionalismos tapatío contra capitalino, el americanismo de los grandes extranjeros, el campeonísimo Chiva, la irrupción del Toluca, la selección mexicana que ya se había habituado a ir a mundiales e, incluso, por fin había disfrutado de su primera victoria en estos certámenes al imponerse a Checoslovaquia en Chile 62.

 

El asunto es que Cruz Azul llegó tan tarde como poderoso y carismático. Los setenta fueron suyos en popularidad y éxito. De esos años data la rivalidad con América al que ganó la final en la campaña 70-71.

 

En algo común al futbol mexicano, tanto cementeros como americanistas se acostumbraron a vivir de glorias pretéritas (en el caso águila, los ochenta fueron su década). Al paso del tiempo, de grandeza les quedó el poder de convocatoria, la trascendencia de sus resultados, la expectativa nacional en torno a ellos y poco más… Circunstancia también común a Chivas. Eso explica algo inaudito en cualquier liga europea o sudamericana: que un gigante sólo se corone una vez en más de treinta años, como sucede con los celestes; o que otro grande apenas se adjudique dos ligas de las últimas 40 disputadas, como acontece con América. Y eso explica también, que haya escapado tanto tiempo sin que tuviéramos un clásico en plena final del futbol mexicano, desde la 90-91 con el Pumas-América.

 

Todos estos años escasos en trofeos han evidenciado un trabajo inconsistente en estas instituciones, pero también el fortalecimiento de otras franquicias que han trabajado mejor: Monterrey y Santos que ahora cayeron en semifinales, pero también Toluca, Tigres, el recién coronado y recién llegado Tijuana, Pachuca que últimamente ha perdido rumbo, Pumas que de los grandes ha sido el más regular… Críticas al sistema o quejas al margen, eso permite a nuestra liga ser una de las más competitivas y menos centralizadas del planeta, torneo en el que toda afición sabe que tarde o temprano puede festejar un campeonato, que las vueltas olímpicas no son exclusivas de unos pocos.

 

En 85 años de historia, España apenas ha visto a nueve equipos coronarse; en México hemos tenido nueve campeones en los últimos siete años.

 

Y, sin embargo, la injusticia es evidente porque las cifras de seguidores y proyección de los denominados grandes, supera por mucho a las de quienes se han comportado con mayor grandeza.

 

El asunto es que habrá clásico en la final del futbol mexicano. Algo atípico, algo que remite a otras épocas, algo que revivirá demasiadas pasiones escondidas y refutadas por los rutinarios fracasos. A disfrutar de estos dos partidos.

 

Alberto Lati

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