Qué bueno que pese a tanta inconformidad y crítica, este plantel sea capaz de encontrarse a un triunfo de la medalla. Y, perfecto, por supuesto, que sea contra Japón. Esa espina clavada por la derrota tricolor a manos de la escuadra nipona en el duelo por la medalla de bronce de 1968, por fin parece asomar, por fin da pistas de poder ser retirada. Las emociones retornan a los Olímpicos de México 68, aunque en realidad nos encontramos en los Juegos de Londres, 44 años después. Contra Japón este martes, en duelo semifinal, más de una lección de Wembley ha de ser puesta en práctica.

 

Vuelve a ser 24 de octubre de 1968, pero estamos en pleno 2012. Regresamos inevitablemente al estadio Azteca, mas actuamos en Wembley. Las emociones retornan a los Olímpicos de México 68, aunque en realidad nos encontramos en los Juegos de Londres, 44 años después.

 

Esa espina clavada por la derrota tricolor a manos de Japón en el duelo por la medalla de bronce de 1968, por fin parece asomar, por fin da pistas de poder ser retirada, por fin insinúa que su daño tiene opción de ser reparado, la herida cicatrizada, la ponzoña neutralizada.

 

En aquella fecha, México perdió a manos de los nipones el tercer sitio ante los ojos de un Azteca abarrotado, que no daba crédito a lo que en la cancha sucedía. Un tal Kamamoto, delantero devenido en político, se ocupó de sepultar los sueños de medalla mexicanos y posponerlos por al menos medio siglo.

 

Desde entonces, no sólo el Tri mantuvo la presea como asunto pendiente, sino que incluso la ronda de semifinales fue cosa imposible. Hasta antes de los Juegos celebrados en casa, nuestra selección había asistido a tres ediciones olímpicas, con fatídico saldo de cinco perdidos y uno empatado. Sólo cuando llegó la localía se pudo creer en algo más, ilusiones sepultadas por un sol naciente convertido en balón aplastante.

 

Tras el 68, transcurrieron más de tres décadas de poca esperanza, de casi renuncia a verse catapultados a un podio de la mano del deporte al que más tiempo y sonrisas dedica el país.

 

Si acaso en Atlanta 96, con la gran generación sub-23 de Cuauhtémoc Blanco, Paco Palencia, Pavel Pardo, Germán Villa, Oswaldo Sánchez, Duilio Davino, Jesús Arellano, más el refuerzo de Luis García, Jorge Campos y Claudio Suárez, alguna posibilidad se sintió. Entonces, la mejor Nigeria de la historia (más aún, quizá la mejor selección africana que se haya visto) echó fuera a los verdes.

 

Por ello, cuando Luis Fernando Tena comenzó a configurar esta representación olímpica, la suspicacia era demasiada y más todavía con tan craso inicio de proceso: escándalo de disciplina en Ecuador previo a la Copa América que serviría como fogueo y primera puesta en escena del proyecto Londres 2012.

 

A raíz de un torneo que abrió mal en comportamiento y siguió peor en resultados, ha sucedido mucho, casi siempre con espléndidas cuentas. Tercer lugar en el Mundial sub-20 (ojo: no es el mismo plantel pero sí coinciden ciertos nombres como Chatón Enríquez o Diego Reyes), coronación sobre Argentina en Panamericanos, calificación olímpica con actuación redonda, título en torneo juvenil de Toulon… Suficientes argumentos como para que en este espacio yo escribiera un par de semanas atrás que a este grupo se le debe algo más que el beneficio de la duda.

 

Pero sucede que cada proceso va marcado de su cuota de azar y otro poco de circunstancias. México perdió un amistoso con España, justo cuando los ibéricos eran vistos como máximos aspirantes al oro, y posteriormente sucumbió ante Japón, precisamente cuando nadie daba un centavo por el representativo nipón. Todavía al inicio del torneo olímpico, igualó a cero con Corea, en momentos en que nadie pronosticaba algo bueno al cuadro asiático que hoy es también finalista tras haber echado fuera a los anfitriones británicos. En resumen, que Japón y Corea, considerados en su momento como dos parámetros del mal estado de nuestro conjunto, hoy son vistos de forma muy distinta.

 

Contra Senegal en los cuartos de final, el Tri no fue lo que puede denominarse brillante. Jesús Corona se ocupó de salvar heroico en varias ocasiones y la igualada senegalesa a 2 daba para esperar lo peor: un partido que lucía controlado y caótico se iba al alargue. Otra vez, sufrir por hobby, como aparente y masoquista alternativa al ocio, como vil incapacidad para sentenciar un compromiso.

 

Ya después, los errores de la defensa rival se ocuparon de solucionar algo de lo que nuestros ofensivos no lograban remediar. Llegaron dos goles en tiempo extra y México dio al final (sólo entonces, no antes) sensaciones de avanzar con tranquilidad.

 

Contra Japón este martes, en duelo semifinal, más de una lección de Wembley ha de ser puesta en práctica. La defensa no puede padecer tanto en cada balón colgado del área; Marco Fabián, sea por derecha o al centro, necesita reencontrar su futbol: gracias a su talento se calificó y de la mano de su talento ha de arribar la ansiada medalla; Gio Dos Santos, con tantísima experiencia a tan corta edad, a despojarse de la floritura que sobra y priorizar lo relevante que es el gol; Héctor Herrera necesita escapar de esta versión lenta de sí mismo y recuperar al demonio por la banda de meses atrás; el equipo en general, debe estar a la altura de una cita histórica como pocas, un momento añorado desde 1968 y una presea jamás obtenida.

 

Qué bueno que pese a tanta inconformidad y crítica, este plantel sea capaz de encontrarse a un triunfo de la medalla: señal del inmenso potencial y margen de mejora estimado. Mejor aún que sea en la catedral del futbol, Wembley, justo donde aquella bellísima narración de Inglaterra 66 clamara: “¡Chamaco Borja no la falles!”. Y, perfecto, por supuesto, que sea contra Japón, al menos como vuelta a ese 24 de octubre de 1968, cuando Kamamoto profanó el estadio Azteca y se llevó a Tokio un bronce que nunca tenía que haber escapado de la capital mexicana.

 

@albertolati

 

Alberto Lati

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