Pertenecer es el impulso. Isaac lo entiende bien, estar en un combo da no sólo compañía, también protección, apoyo y seguridad en nosotros mismos.

 

Comparten el gusto por la música, el cine o los deportes. Esto los define e identifica con quienes persiguen sueños similares.

 

A Isaac le gusta andar en patineta y tocar thrash, que es un tipo de música electrónica “pero más estruendosa”. La ventaja de formar parte del grupo Están en todos lados  es “en primero la compañía de ellos, porque son agradables, y en segundo porque tener un colectivo en ese medio te hace tener otra categoría (…) si estás como músico independiente tienes que ser muy, muy bueno para sobresalir, es como un apoyo que yo tengo”.

 

El muchacho de 20 años, tez blanca, cabello chino y alborotado cuenta que forma parte de dos grupos: “toco con los del colectivo Están en todos lados, que está conformado por actores, diseñadores, músicos, escritores (…) con los que patino el grupo se llama Púrpura, pero no nos consideramos patinetos, ya que cada quien tiene su forma de vestir y tiene actividades diferentes, por ejemplo yo toco y patino, pero algunos además son bailarines profesionales o diseñan ropa”.

 

A primera vista Adrián no parece un chavo a quien le guste el reggaetón, trae una camisa café a cuadros, jeans y zapatos, explica que las fiestas o perreos se organizan cada semana, sus amigos se avisan por redes sociales, principalmente Facebook, pero si se pertenece a un grupo o combo, como ellos le llaman, todos los integrantes quedan de verse el mismo día de la semana, a la misma hora y en el mismo lugar.

 

A las fiestas se puede ir solo, pero “si vas en grupo es más padre, puedes convivir más; si vas sólo y pasa algo no te puedes defender, pero si va tu grupo sí”.

 

Adrián y su amigo Víctor, quien a diferencia del primero trae tenis de bota, pantalones entubados y corte mohicano, comentan que “si no hay fiesta hay que ir a buscar, si no encontramos vamos al Kaos, el Stratus, al Free o el Castillo del Abuelo”, antros de reggaetón ubicados en Ecatepec y Nezahualcóyotl, en el Estado de México.

 

Cada combo tiene un líder, quien se gana el puesto por las agallas y su actitud frente al grupo, “el líder se gana el respeto y la amistad (…) es el que cuando se arma una campal  va al frente, encabezando al grupo”.

 

Los chicos reggaetoneros cuentan que en la ciudad hay muchos combos, los más conocidos y numerosos (son alrededor de 500 chavos) se hacen llamar Los Sicarios y se reúnen cerca de Garibaldi, pero hay otros de menos integrantes como los Estilo y Clase que se juntan en el Metro Chabacano o Uva Cangry, que se quedan de ver en la línea azul que va de Martín Carrera a Santa Anita.

 

 

Jessica tiene 21 años y narra que desde que estudiaba la primaria le gustaba el rock y usaba pulseras con estoperoles, lo que causaba que sus padres “pusieran el grito en el cielo”, ahora forma parte de una banda, donde toca el bajo y está incursionando en la batería.

 

“El rock es buena música, para mí es lo mejor que puede haber, tiene muchas formas de expresarse y muchas variaciones, y tocar un instrumento es muy padre”, pero a pesar de su amor por el rock tampoco deja de lado el futbol.

 

Lo que te identifica como rockero es la música y después sigue la imagen, platica Jessica entre risas, mientras muestra en su cara una telaraña dibujada con lápiz delineador, “en la vestimenta lo común son los chalecos, sombreros, las extensiones, las perforaciones, los aretes, los tatuajes, los pantalones de cebra, de colores y pegaditos, botas, los tenis raros”.

 

Chucho, trompetista y guitarrista del grupo de ska Monkeys club, platica que empezó a escuchar esa música desde que tenía ocho años y lo que le gusta de ella es la combinación de ritmos caribeños, blues, rock steady y ska fusión.

 

Los jóvenes que escuchaban ska en sus inicios, en Jamaica, eran caracterizados como chicos rudos, que estaban enojados con la sociedad, y que cantaban su música como símbolo de protesta, “los chavos siempre están buscando algo o no saben qué buscar”, explica mientras sostiene la trompeta entre sus dos manos.

 

“Lo que me gusta del ska es la música y sus letras, que va dirigidas a los jóvenes, no a la gente grande, son de protesta o romanticonas”, pero no porque te guste un estilo de música o una moda debes decir que eres skato, rockero o reggaetonero, “una cosa es el disfraz y otra es lo que escuches, lo que pienses, lo que sientes”.

 

Los gustos de Paola son diferentes, no se dirigen tanto hacia la música o el baile, sino a la lectura y a la fotografía. A pesar de que se “alocó” y se pintó el cabello de rosa, como dice, se considera una chica tranquila que se reúne con sus amigos hipster para tomar café, hablar de cine independiente, de los libros que han leído o de sus grupos musicales favoritos, como Depeche Mode.

 

“El ser hipster es una tendencia modernista, todo se mezcla, los gustos se mezclan, la ropa se mezcla, te puede gustar el indie rock  u otro tipo de música, como el post punk (…) hay algunos especialistas que dicen que somos un grupo sin identidad porque retomamos de diferentes épocas, grupos o estilos lo que nos gusta”, aclara que el término es muy viejo, los primeros hipster son de 1940.

 

A diferencia de los demás chicos, Brandon, con solo 17 años, entró a un grupo de trazeurs (que son los jóvenes que saltan en bardas, tubos, árboles y que ocupan sólo su cuerpo para desplazarse) porque en la escuela le dejaron un trabajo escolar sobre la actividad y le interesó.

 

Explicó que les llaman Trazeurs porque son personas que dejan trazos o huellas; a veces marcan las suelas de los zapatos en las paredes o dejan sangre por los golpes o raspones que se hacen.

 

Cuenta que tiene nueve meses practicándolo y que lo que más le gusta del parkour (que se pronuncia parkur porque la palabra viene del idioma francés, no del inglés) es sentir la adrenalina.

 

Vestido con playera, pants y tenis, debido a la actividad que realiza, explica que en México hay varios grupos de trazeurs como Uno Power, Trazeur proyect o Urban Roller, pero no hay ningún tipo de rivalidad entre ellos.

 

Capu, como sus amigos llaman a Martín, es un rasta de 21 años, quien desde los 18 profesa la religión del rastafarismo y desde antes le gustaba el reggae por la música de Bob Marley. Habla pausado, bajo sus dread locks mejor y erróneamente conocidas como rastas.

 

Explica que el ser rasta no es ser parte de un grupo, es una cuestión ideológica, por lo que tienen prohibido comer la carne de cualquier animal y cortarse el cabello y las barbas. Los dread locks sólo pueden cortarse por otro miembro de su familia rastafari como símbolo de luto.

 

El uso de la marihuana o ganja sólo se usa con motivos litúrgicos, “la gente que quiere entrar en contacto con Dios, con Jah, fuma litúrgicamente la marihuana, simplemente para elevarse y entrar en contacto con él. No es para ponerse mal, no lo vemos en el contexto del vicio, lo vemos en el contexto espiritual”.

 

Sin discriminar

Algunas de las identidades o tribus urbanas vigentes son los rastas, rockeros, metaleros, darketos, góticos, raperos, skates, stickeros, grafiteros, electros, trasheros, góticos, emos, hip-hoperos, patinetos, parkouts, tektoniks, psycos, indies, mexican pointing boots, vintages, rude boys, skin heads y hipsters.

 

El pertenecer a un círculo de amigos con cierta ideología no te da derecho de discriminar a otros grupos, “respeto cómo manifiestan lo que creen, lo que traen adentro y en su exterior, cómo se visten; con la mayoría de las subculturas no tengo problema, pero a los reggaetoneros los respeto mientras no me hagan nada, ya que se han ganado un papel en la sociedad de que son rateros, que son agresivos, mientras no afecten a terceras personas todo está bien”, expresa Paola.

 

“De vez en cuando salgo con la pandilla, por mi casa nos juntamos varios cuates de diferentes estilos (…) se me hace muy tonto eso de discriminar porque es reggaetonero o de otro grupo, a mí no me gusta el reggaetón pero tengo amigos que lo escuchan y no hay problema”, comenta Jessica mientras se borra la sonrisa de su cara y la cambia por un ceño fruncido.

 

Detrás de unos lentes oscuros de pasta, tipo Ray Ban, y una boina negra, Chucho, quien tiene 21 años y estudia Historia en la FES Acatlán, cuenta que cuando era más pequeño quería entrar a un grupo de punks, pero no le gustaba vestirse como ellos, por lo que lo excluían, pero una vez un amigo le dijo “cuando ellos se burlen de ti porque eres diferente tú búrlate de ellos porque son todos iguales”. Se lamenta que la discriminación entre grupos se sigue dando, “aunque antes estaba más marcado, aún así siguen habiendo grupos muy elitistas”.

 

A pesar de la discriminación que todavía hay, Chucho dice que él si tiene amigos emos y otros a los que les gusta el rock urbano, porque conocer mucha gente es “chido”, y aunque la electrónica o el duranguense no le gustan, le divierte escuchar de todo.