Súper Mario fuera de control

Alberto Lati

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Quizá la fantasía de todo director técnico –aunque lo mismo vale para cualquier líder o intento de– es mover a sus hombres cual si tuvieran un control remoto y se tratara de un videojuego. Apretar A y brinca el monigote, aplicar la vitamina especial y ya se disciplina el títere, mover la palanca a fin de vencer a todo adversario y siempre desde la comodidad de un sillón (o banca, lo mismo aplica).

 

Al describir el afán de control de los entrenadores, Jorge Valdano se ha referido a un relato de Borges, en el que dos reyes juegan ajedrez mientras sus respectivos ejércitos pelean: “Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro… Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: tu ejército huye, has perdido el reino”.

 

Parábola perfecta del dominio que quisieran ejercer los directores técnicos sobre sus once futbolistas, sobre sus once Súper Marios, sobre once eventuales marionetas animadas a larga distancia… Hasta que el futbol se hace rígido, predecible, poco creativo, y los estrategas inteligentes terminan por entender que algunos de sus jugadores, merced a su talento y espontaneidad, deben ser exentados de tan delirante control.

 

Sin embargo, lo mínimo que quisieran todos los entrenadores, ya sean impositivos y dictatoriales o fomenten libertad e improvisación, es poder controlar la vida privada de sus pupilos: sus relaciones, sus formas de esparcimiento, sus declaraciones, sus tonterías propias de adolescentes a los que la vida hizo millonarios y famosos sin mucha preparación para soportarlo.

 

Apenas han pasado 21 años desde que nació un personaje llamado Mario Balotelli (de hecho, hasta antes de ser adoptado por padres italianos, era Mario Barwuah). Delantero portentoso, fuerte, hábil, desequilibrante, por cuyas venas y neuronas circula el gol. Apenas 21 años de vida, pero suficientes para haberse convertido ya en dueño de encabezados, protagonista de constantes locuras y rumores, titular en todo listado de escándalos vinculados al deporte, presa idónea de paparazzi y tabloides.

 

José Mourinho dirigía al Inter cuando Balotelli emergía como algo más que una promesa; al cabo de innumerables pleitos e indisciplinas, Mou sentenció: “hasta donde yo entiendo, un niño como él no puede permitirse entrenar menos que jugadores como Figo, Córdoba o Zanetti”.

 

Mario estuvo castigado, pidió disculpas y volvió con gol. Al poco tiempo, apareció en la televisión portando el uniforme del Milán, acérrimo rival interista, lo cual generó elevadísima molestia no sólo en los seguidores, sino incluso entre sus compañeros.

 

El Inter batalló con Mario hasta que el propio Mourinho se resignó y pidió fuera vendido. “Es imposible de manejar”, decía el portugués.

 

Emergió entonces el Manchester City, sediento de gloria y con muchísimo dinero del jeque de Abu Dabi, para pagar 32 millones de dólares por el joven atacante. Ahí, ha sido la misma historia que en Italia: cuando Balotelli se dedica a jugar, verdaderamente hace la diferencia; cuando olvida que sus noticias han de generarse en la cancha, todo es un monumento a la estupidez y el desastre: incendio en su casa, accidente de coche, acusaciones de muy variado tipo, salir del tabledance a pocas horas del partido, líos idóneos para que los tabloides británicos sean felices con él… Y una realidad que lo supera.

 

 

Roberto Mancini, quien lo dirigiera en el Inter, apostó por Mario en Inglaterra. Cuando sus goles tenían al City como líder de la Liga Premier, Mancini era indulgente: “El único problema es su edad, por eso comete algunos errores”.

 

 

Meses después, con el City alejándose de la cima y Mario envuelto en todo tipo de escándalos, se acabó la indulgencia: “si yo fuera uno de sus compañeros, lo golpearía en la cabeza”. Semanas más tarde, Mancini sonaba a prefecto de primaria: “ya se me acabaron las palabras sobre él. Se me acabaron. Ya no tengo palabras sobre su comportamiento”.

 

 

Este verano el City buscará cliente para desprenderse de Balotelli y seguramente no faltará algún valiente que se crea capaz de domar a semejante personaje.

 

 

Con 21 años Mario ha demostrado inmensa capacidad para jugar futbol, pero nula para asimilar lo que sucede a su alrededor. En medio de la tormenta en Manchester, apareció en Milán, en plena presentación del nuevo entrenador del Inter, desfilando por la conferencia de prensa e interrumpiendo a quienes hablaban en el estrado como si nada raro en ello hubiera. Detalle muy curioso (y utilísimo para las cámaras ahí presentes) pero propio de quien vive en una galaxia alterna.

 

 

Mientras goleaba al Manchester United, Mario festejaba mostrando una frase impresa debajo del uniforme: Why always me? ¿Por qué siempre yo? Pregunta a la prensa, o a los árbitros, o a los aficionados, o a los directivos que lo castigan, o a la selección italiana harta de que pasara un partido en la banca jugando en su iPad, o a las circunstancias que lo rebasan.

 

En una de tantas veces que fue detenido por la policía británica, 15 mil libras aparecieron en su guantera (equivalentes a 320 mil pesos). Al serle cuestionada la razón para portar tanto efectivo, Mario respondió: “porque soy rico” y no mintió.

 

Súper Mario le apodan, lo cual a raíz del videojuego es común con la mayoría de los Marios célebres, pero este Mario resulta todo lo opuesto al dibujo animado que corre al ritmo y compás que un control remoto le indica.

 

No sólo en la cancha hace lo que quiere (lo cual, cuando se trata de goles, le es muy agradecido) sino que fuera de ella realiza exactamente todo lo que no debe.

 

Se entiende que la picardía en el futbol a menudo corresponde con alguna dosis de locura y rompimiento de reglas en la vida, aunque con cierto e indispensable límite desconocido por este jugador.

 

Delantero que daría para muy profundos estudios de lo que resulta de enseñar sólo a triunfar deportivamente y no a asimilar ese éxito, pero ante todo un desperdicio: cuántos no hubieran querido nacer con la mitad de las aptitudes futbolísticas que Balotelli desecha a cada paso que da.

 

@albertolati

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