Irlanda amurallada

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Para llegar a Belfast, tal vez lo ideal sea pasar antes por la Torre de Londres en donde fue decapitada Ana Bolena. Para llegar a Belfast e intentar comprender, quizá sea necesario seguir por Windsor, Surrey, la Catedral de Canterbury y cada eslabón en la vida de Enrique VIII. Para llegar a Belfast y no confundirse, también sería recomendable recorrer las ruinas de monasterios católicos destruidos casi medio milenio atrás. Para llegar a Belfast y saber a qué va tanto rencor, es prudente recordar que Bloody Mary antes que un cocktail fue la Reina María I, llamada sangrienta por su furibundo antiprotestantismo.

 

 

Y entonces llegaremos a Belfast y veremos que todo conocimiento previo era una simplificación. Que las heridas británicas de la ruptura religiosa se añaden a muchas cicatrices abiertas que hay aquí. Que las llagas de un pueblo dividido sólo se perciben en su real dimensión al estar cerca de su hedor, de ese muro llamado eufemísticamente “Peace lines” o “Lineas de paz”.

 

 

En Belfast la lluvia interrumpe y reanuda constantemente. El horizonte de nubes más cerrado pronto se hace azul, se atraviesa por un arcoíris, y cuando pretendemos retratarlo ya ha vuelto a ser gris. Cambian los paisajes y climas, no así los dolores heredados por la historia.

 

 

En el aeropuerto que lleva el nombre del genio del futbol, George Best, ya nos enfrentamos a dos problemas: el más simple, entender los complicados acentos; el más difícil, saber cómo referirnos a la ciudad hacia la que manejaremos al día siguiente: Derry para los católicos, Londonderry para los protestantes, Stroke City para los neutrales (cuya neutralidad puede resultar igual de ofensiva para católicos y protestantes).

 

 

Pero lo de Londonderry/Derry -amenazada de bomba la semana pasada- será hasta mañana. Ahí entrevistaremos al ex portero Harry Gregg, héroe en el desastre aéreo del Manchester United de 1958, cuando en vez de huir en medio de las explosiones del avión, se dedicó a sacar de escombros a vivos y a muertos, a futbolistas y desconocidos, a hacer un torniquete con la corbata en el brazo de un compañero y rescatar del caos a un bebé.

 

 

Hoy, sin embargo, estamos en Belfast y caminamos junto a uno de los inmensos muros.

 

A un lado, banderas británicas, grafitis que recrean episodios tan lejanos como la matanza de católicos por parte de Guillermo de Orange, iglesias anglicanas mucho más visitadas que sus equivalentes en Inglaterra, murales que loan a para-militares como Top-Gun McKeag, memoriales que lloran a los inocentes caídos por bombas del ERI (Ejército Republicano Irlandés), uniformes del club escocés Rangers de Glasgow célebre por reivindicar su causa leal a la Gran Bretaña y protestante.

 

 

Al otro lado, banderas tricolores irlandesas, letreros en irlandés aunque la mayoría admite que no lo habla fluidamente, iglesias católicas, murales agradeciendo la lucha emprendida por el ERI, monumentos luctuosos por las víctimas del ejército británico o los paramilitares unionistas, uniformes del club Celtic de Glasgow, opuesto en todo al Rangers (menos en compartir negocio y lucrar con la rivalidad).

 

 

No es exageración: entre esos costados de Belfast hay apenas un par de metros. Por ello existen portones que separan a los dos hemisferios en momentos de posible tensión o confrontación: noches proclives a alcohol (viernes o sábados); el derby en Glasgow; alguna fecha como el 12 de julio, lamentada por unos como la colonización británica de Irlanda y celebrada por otros como la victoria sobre el catolicismo.

 

 

Cerca de la fachada con la pintura de Top-Gun encapuchado y apuntando su rifle al frente, encontramos a un hombre maduro que explica:

 

-Probablemente hará falta una nueva generación antes de que salga todo el rencor, la gente joven todavía recuerda sólo la violencia… Y mi generación vivió directamente la violencia, fue parte de ella.

 

-¿Es positivo que la antorcha de un evento que se realiza en territorio británico, como Londres 2012, pase por la República de Irlanda, llegue a Dublín?

 

-No puede hacer mal, y hasta puede ser que beneficie… Va a ser positivo lo de la antorcha, quizá acerque a la gente.

 

Ahora conducimos hacia Dublín. Nos cuesta creer que es más fácil cruzar de una Irlanda a la otra, que pasar de un lado del muro de Belfast al otro. Casi sin darnos cuenta, con un simple letrero, ya estamos en territorio republicano y afuera de la Gran Bretaña.

 

Dublín es una belleza. Se regodea a cada esquina en el homenaje a su cerveza Guinness, a sus héroes de independencia, a sus mitos fundacionales como Molly Malone o los duendes, a sus escritores que van de Oscar Wilde a James Joyce pasando por Samuel Beckett, Bernard Shaw, Jonathan Swift o Bram Stocker.

 

El acento es igual de peculiar, pero distinto al del lado norte. Un conductor de camión dice que le hubiera encantado ver jugar futbol a las dos Irlandas juntas, tal como sucede con el rugby, pero culpa a los políticos, “nos perdimos ver jugar a George Best vestido de verde”. Entonces admite que el problema va mucho más allá de la religión o el ser celta: en su propia casa su padre se peleó con su tío debido a contrastadas posiciones respecto a la independencia de Irlanda. ¿Y la antorcha por Dublín?: “los Olímpicos trascienden la política, y lo deben hacer, será una gran ocasión ver pasar aquí el fuego olímpico, la gente estará feliz y celebrando. No hay razón para estar molestos por eso… Y además la antorcha no es algo británico, sino algo mundial”.

 

 

El barrio dublinés de Temple Bar es una de las mayores concentraciones de bares y antros en el mundo. A la salud de St. Patrick, tarros y botellas son devorados. Un personaje canta el grito de apoyo a la selección de la República de Irlanda, el pegajoso “Come on you boys in green!” (“vamos muchachos de verde”) y aprovechamos la coyuntura deportiva para preguntarle por los partidos de rugby de la selección unificada de Irlanda: “no importa de dónde vengan los aficionados, de todo el país, norte o sur, ahí sí nos queremos, ganemos o perdamos, ahí no nos matamos”.

 

 

Momento de regresar a Belfast. En dos horas y poco más, estaremos de vuelta en la capital norirlandesa y pasaremos junto a una cerca divisoria. Ahí veremos la pintura de un futbolista vestido de verde y eso que estamos del lado protestante. En el centro de la ciudad, zona no dividida, hay hasta una tienda oficial del Celtic de Glasgow

 

 

Prohibidas las generalizaciones, prohibidas las simplificaciones.

 

Para entender Belfast y su muralla hacen falta demasiadas versiones, demasiadas crónicas de rencor y ruptura, demasiadas canciones como Sunday-Bloody-Sunday o películas como En el nombre del padre, demasiados contextos sobre la vecindad de dos islas en el noroeste de Europa. Para entender Belfast, más bien, es idóneo hacer lo opuesto: olvidarse de los antecedentes, abrazarse a un tarro de la más obscura cerveza, reírse con su festivo y rimado hablar, resignarse al muro y esperar que si sucede con el rugby, algo mejor podrá pasar, antorcha incluida.

 

@albertolati

 

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