Vecinos respetuosos y cordiales, socios comerciales indispensables, idiomas y culturas cercanas… Pero que no ruede el balón porque olvidan sus buenas maneras y arde la cancha.

 

Esta semana se enfrentaron en Hamburgo las selecciones de Alemania y Holanda en un partido amistoso; al margen de que nada se jugaba y lo elemental era conjuntar equipos de cara a la Eurocopa del próximo año, el cotejo se calentó en numerosos instantes.

 

Es algo que no está ni en unos ni en otros: simplemente sucede. Ahí tenemos enfrentándose deportivamente a muchachos menores de 23 años, tan lejanos a la Segunda Guerra Mundial, y aquella contienda se siga evocando, ánimos desbordados, rencores revividos.

 

Probablemente se trata de la mayor rivalidad del futbol europeo a nivel de selecciones y su origen está en la ocupación holandesa por parte de Alemania, siete décadas atrás.

 

Tras la guerra, el tiempo avanzó sin que las dos naciones se encontraran futbolísticamente. Eso, hasta la Copa Mundial 1974. Holanda no sólo era el mejor equipo del planeta, sino que jugaba un futbol acorde a la cultura que emergía en ese pequeño país: creatividad, talento explosivo, liberalidad, rompimiento de cánones, revolución artística trasladada al concepto del Futbol Total. Si su tradición urbanística se basaba en ganar espacio al mar, su idea futbolística consistía en aprovechar cada resquicio del terreno de juego. Con los diques, quitar metros al agua; con su cambio de posiciones, despojar de balón al rival.

 

En tanto, Alemania era la de siempre, lo cual no es poco, escatimando esfuerzos pero avanzando, creciendo en poderío a cada ronda. Había perdido frente a sus vecinos de la Alemania Democrática (RDA), y eso unió profundamente al equipo, pues eran dirigidos por un germano oriental –Helmut Schoen- que lo que más deseaba era vencer deportivamente a la dictadura del otro lado del Muro.

 

Así llegaron a la final. En el equipo holandés habían jugadores como Wim van Hanegem, quien había perdido buena parte de su familia durante la guerra: “me importa un comino el resultado. 1-0  es suficiente siempre y cuando los humillemos. Los odio. Asesinaron a mi familia. Mi padre, mi hermana, dos de mis hermanos. Cada que juego contra Alemania me lleno de tristeza”.

 

El partido se pintó demasiado pronto de naranja. Aún no había logrado tocar el balón Alemania y ya tenía un penal en contra que derivó en el 1-0. Holanda, sedienta de una revancha esperada 30 años, gritaba por la victoria. Y entonces, naufragó, se extravió. La selección alemana, experta en renacer como su cultura misma, volteó el marcador: el sturm und drang (tempestad e ímpetu) otra vez emergía a manera de goles.

 

En el 2006 hablé sobre ese tema con Johan Neeskens, uno de los líderes del once holandés. Reviviendo el tema tantos años después, sus ojos ya rodeados por arrugas volvían a cristalizarse y decía solemne a la cámara: “no supimos ganar; con el 1-0 pensamos sólo en driblarlos, en hacerlos ver mal, en mostrarles lo buenos que éramos. Luego es como un sueño. No sé dónde teníamos la cabeza pero despertamos y ya perdíamos 2-1. El tiempo avanzaba y no llegábamos a su portería… (PAUSA) Regresar a casa con esa derrota…”. De hecho, sociólogos holandeses se refieren a ese partido como “la madre de todas las derrotas”.

 

De ese mismo tema hablé con varios seleccionados alemanes de 1974 como Franz Beckenbauer, Berti Vogts, Paul Breitner y Hans Georg Schwarzenbeck. Con ese orgullo tan germánico de admitir que se triunfó más por tesón que por talento, todos coincidían en que Holanda era mejor… Pero que ellos supieron ganar.

 

Lo siguiente fue catorce años después en semifinales de la Eurocopa 88, otra vez en territorio teutón. Holanda volvía a ser dirigida por Rinus Michels, hombre celebrado por haber cambiado el futbol pero marcado por la derrota del 74. Ese día ganó Holanda y decían jugadores alemanes como Karl Heinz Rummenige: “es una verdadera pena que vean el futbol como una salida a su odio por la Segunda Guerra Mundial”. Al tiempo, el neerlandés Ronald Koeman intercambiaba uniforme con el germano Olaf Thon y hacía gesto de limpiarse el trasero con la camiseta

 

A su regreso a Ámsterdam como campeones, futbolistas como Ruud Gullit se referían al dolor de la guerra y al sufrimiento de muchas personas que por fin podían reír. Se compiló un libro de poemas aparentemente futboleros, aunque casi todos evocando horrores de balas y resistencia, represión y bombardeos.

 

Vinieron más partidos y más sucesos violentos, escupitajo incluido de Frank Rijkaard a Rudi Voeller en Italia 90. Los bombardeos y la ocupación quedaban más y más lejos, pero holandeses y alemanes mantenían rivalidad. Una canción alemana se burlaba del uniforme de los vecinos al decir “sólo los recolectores de basura se visten de naranja”.

 

Ese color representa demasiado para la cultura holandesa y en cada partido de su selección podemos ver en Ámsterdam hasta fuentes coloreadas en ese llamativo tono.

 

Todo inicia con Willem van Oranje o Guillermo de Naranja, patriarca de esta nación, quien abrió las revueltas para terminar con el dominio español medio milenio atrás.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, los holandeses desafiaban a la ocupación alemana celebrando el cumpleaños de su reina con cualquier artículo naranja que encontraran (zanahorias, naranjas, mandarinas). Por ello este representativo no podía jugar con otro uniforme.

 

Hoy, con seleccionados demasiado jóvenes como para que un abuelo les cuente de lo sucedido 70 años atrás y con jugadores de variados orígenes, religiones, razas –reflejo obvio de sus actuales sociedades- la enemistad sigue ahí.

 

No hace falta ser experto en historia para ser parte de esta rivalidad: basta con haber crecido en uno de estos países que son, por todo lo demás, muy buenos amigos.

 

 

Twitter/ @albertolati

Alberto Lati

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