El motivo que mueve al deporte

Alberto Lati

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Es el mismo fuego que nace en la vieja Olimpia, pero se enciende bajo otro ritual.

 

Si en el Templo de Zeus brotaba la flama del pan-helenismo, en la prehispánica Teotihuacán, junto a la Pirámide de la Luna, emergió en agosto la flama del panamericanismo.

 

Flama  que, tras recorrer México, llegó el viernes a Guadalajara para inaugurar estos Juegos; flama que, como la de la cultura griega, se pretende metáfora de situaciones más complejas: unión, armonía, leal competencia. Ideal deportivo por encima de división y guerra.

 

Si 2,500 años atrás ya suponía un reto amalgamar  a griegos de todo el Mediterráneo, hoy  el lema de los Panamericanos algo de eso persigue: “América, Espirito, Sport, Fraternité”: el espíritu de fraternidad de toda América, mediante el deporte.

 

Lo que queda del ideal de unión plateado por Simón Bolívar en el Congreso de Panamá en 1826, intentando ser canalizado cada cuatro años a través de las gestas atléticas de jóvenes de todo el continente.

 

Antes de profundizar en los valores de este evento, pensemos en la tregua que simbolizaba el fuego de los primeros Olímpicos: toda contienda que separara al universo heleno debía frenar. Le llamaban ekecheiría, término traducible como “apretón de manos” o “sostenerse de las manos”, y consistía en hacer a un lado conflictos por medio año: tres meses para llegar a Olimpia y tres para volver en paz a casa.

 

Cuenta el historiador Tucídides que los atletas espartanos fueron vetados de un festival olímpico en represalia porque su ejército había atacado la ciudad-estado de Lepreon en época de ekecheiría.

 

Que los espartanos, molestos por perderse unos Olímpicos, argumentaran desconocer que ya imperaba la tregua, define bien el hecho: no se trataba de hacer la paz, simplemente de posponer la guerra… Aunque toda guerra pospuesta, por poco sincera o deseada que sea la posposición, siempre abre opción para la paz.

 

Como quiera que sea, se dice que la civilización griega no hubiera logrado florecer a tales proporciones sin los semestres de estabilidad, con deporte como excusa.

 

Entendiendo el ideal de la eckecheiría y de esa flama nacida en Teotihuacán, pensemos en el panamericanismo y su lema que clama por fraternidad para toda América: al margen de que Estados Unidos se ha habituado a no involucrar a sus mejores exponentes (pero en unos Panamericanos estuvo un jovensísimo Michael Jordan), al margen de las críticas en las que se vio envuelta Guadalajara por sus demoras en el proceso de construcción,  al margen incluso de las evidentes distancias -ideológicas, culturales, sociales, lingüísticas- que se extienden desde Canadá hasta Tierra de Fuego, al menos a escala deportiva florece un afán de integración.

 

¿América o las Américas? ¿El río Bravo como frontera entre dos países más o como tajante separación entre dos entes tan ajenos? ¿Los añejísimos pleitos, las disputas territoriales jamás aclaradas, las viejas cuentas nunca saldadas, los choques futboleros que canalizan fuera ese rencor y han llegado hasta a guerras? Quizá, pero son días en los que México y toda América han de volver a la niñez, y competir, y correr,  y perseguir balones, y  saltar, y ponerse a jugar.

 

Como célebremente dijo el escritor estadounidense Paul Auster refiriéndose a otro continente pero con un mensaje aplicable a todo hemisferio: “Europa  encontró en el futbol la forma de odiarse sin destrozarse”, o como Carlos Fuentes nos explicaba en una entrevista previa a Alemania 2006: “Sí impide la guerra… Es decir, más vale darse de patadas en un campo de futbol que en un campo de batalla, yo creo que el deporte tiene esa facultad de sublimar el instinto agresivo, el instinto guerrero del hombre”.

 

Un panamericanismo deportivo del que, además, México es pionero y fundador, con la creación de los Juegos Centroamericanos precursores de estos Juegos. Un panamericanismo que algo tiene de deuda con el deporte que alguna vez se practicó en esta parte del planeta. Ritual con pelota. Mitologías y cosmogonías basadas en él. Ixbalanqué y Hunahpuh, en el Popol Vuh, desafiando a los señores del inframundo siempre balón de por medio.

 

¿Por qué tanta importancia al deporte? ¿Tan milagrosa y grande es su capacidad de acercarnos e identificarnos? ¿A escala mexicana, a escala americana y a escala mundial?

 

En todo eso podemos pensar cuando el fuego de esa eckecheiría ya ha recorrido el país y se ha instalado en el pebetero en Guadalajara: el panamericanismo vuelve a México cuando México, probablemente, tiene más necesidad de recordar su relevancia para todo este hemisferio.

 

Por ello es lamentable que a días de arrancar el evento, el debate se tuviera que dirigir mucho más a temas como la tardía colocación de la pista de atletismo, o de las butacas de un estadio, o el excesivo gasto, o la falta de civilidad para respetar el carril panamericano (ejercicio que fue un éxito en Atenas 2004 y en el que se confía mucho para aliviar el tránsito de Londres en los Olímpicos 2012), o las amenazas al programa de seguridad: México, lejos de ser una de las tres mayores potencias atléticas del continente, sí lo es a escala organizativa con inmenso margen de influencia desde que existe el deporte moderno.

 

Lo más maravilloso de estos Juegos es que, a diferencia de los Olímpicos que fueron víctimas de atentados y boicots políticos, los Panamericanos sobrevivieron a esas plagas. Mientras que países africanos no asistieron a Montreal 76 en protesta por el apartheid sudafricano, ni varias naciones capitalistas acudieron a Moscú 80 y numerosas delegaciones comunistas se desquitaron al dar espalda a Los Ángeles 84, el panamericanismo sobrevivió sin saboteos.

 

Cuba amenazó con boicotear la edición de 1987 en Indianápolis, pero Fidel Castro finalmente mandó a sus atletas tras nombrarse a La Habana anfitriona de la siguiente edición (en la que, para sorpresa de muchos, Estados Unidos sí estuvo presente y perdió el medallero con los locales).

 

Es tiempo de panamericanos; tiempo, mientras las competencias se desarrollan por doquier en Guadalajara, de recordar -deporte de por medio- los sueños de Bolívar: “ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”.

 

@albertolati

 

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