Quizá habrá que ver diferente al deporte después de este viernes. Quizá habrá que reconsiderar cuánto se desconfía de su capacidad para trascender al mero estadio. Quizá habrá que dejar de asumir como ilusos aquellos ideales olímpicos, tantas veces relativizados o, de plano, mancillados.

Que los mandatarios de las dos Coreas pactaran su reunión en la zona desmilitarizada que los separa, justo ahí, en esa herida que quedó abierta tras el cese al fuego de 1953 (cese al fuego, mas no firma de paz), se vincula directamente con los Juegos Olímpicos de invierno de Pyeongchang de hace un par de meses.

Hay muchísimos más factores, sí, empezando por los primeros jefes de Estado nacidos tras el conflicto y por una importante voluntad de deshielo, mas nunca podrá olvidarse en dónde comenzó este acercamiento.

Los Olímpicos de Seúl 88 no propiciaron alguna proximidad o negociación (de hecho, Corea del Norte los boicoteó y amenazó con lanzar misiles durante la justa), mas sí que Corea del Sur pusiera fin a su dictadura militar y se abriera a la democracia; sin ese cambió diametral en uno de los rostros de la confrontación, los eventos actuales serían imposibles.

Cuando unos años después los sudcoreanos disputaban con los japoneses la sede del Mundial 2002, parte medular de su agenda era el efectuar algún cotejo al lado norte de la frontera que divide a esa península.

Entonces, como en este 2018, a todos nos pareció una mera y muy absurda promesa de campaña, dando en el blanco que más seduce a los organismos deportivos: quedar como promotores de la armonía, aspirar a ese premio Nobel de la Paz que con tanto ahínco ha buscado la FIFA. Promesa de muy difícil cumplimiento, porque en pleno Mundial 2002, compartido a la postre con Japón, sí hubo ataques desde Corea del Norte.

Por ello, cuando Pyeongchang fracasó en su intento de ganar la sede de los Olímpicos invernales 2010 y 2014, la oferta de paz encerraba también un riesgo: ¿quién en su sano juicio llevaría a atletas de todo el mundo a escasos 70 kilómetros de uno de los puntos más volátiles del planeta?

Finalmente, Pyeongchang fue elegida anfitriona en la sesión de 2011, mismo año en que Kim Jong-un asumió el liderazgo norcoreano por la muerte de su padre.

Transcurrieron siete años envueltos en retórica bélica, en amenazas, en acusaciones de desarrollo armamentista. Incluso 2017 cerró con un absurdo cruce de declaraciones entre Donald Trump y Jong-un, reiterando quién tenía el botón de la bomba nuclear más a la mano, sin olvidar que misiles norcoreanos sobrevolaron el archipiélago japonés.

Pyeongchang 2018 lucía no sólo como el momento menos indicado para la paz, sino acaso como una irresponsabilidad, hasta que se desencadenó la más inesperada concordia. Desfile conjunto de las dos Coreas bajo la bandera de toda la península, equipo integrado de hockey sobre hielo femenil, la presencia de la hermana de Kim en una ceremonia de inauguración enfocada en la paz, en lo que une a todos los habitantes de esa península, en la canción Arirang que los hermana.

Por entonces, muchos pensamos que Corea del Norte jugaba a la diplomacia con deporte, al tiempo que se continuaba armando, y que Corea del Sur jugaba a creerle, al tiempo que disfrutaba de sus Olímpicos sin incidentes.
Hoy, con esta reunión, con este primer encuentro desde la guerra de más de seis décadas atrás, podemos dar crédito como pocas veces al valor del olimpismo.

Twitter/albertolati

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