Ahora que estoy unos días en mi casa, en Madrid, vuelvo a constatar la imagen negativa que tiene Israel en España.

Creo que es muy importante distinguir entre los gobiernos y sus ciudadanos. Israel es un gran país con una ciudadanía extraordinaria. Han sabido poner en el mapa a un país de dimensiones pequeñas, pero con una sabiduría de trabajo y de esfuerzo. Y eso lo han hecho los ciudadanos de ese país.

Gracias a mi trabajo como corresponsal de guerra, he viajado y vivido en Israel y he sido muy feliz. He conocido amigos y me he encontrado con un país hospitalario como pocos. Cualquier español que visite esa tierra la siente muy cercana. Nuestros lazos de consanguinidad son íntimos; no en vano, los judíos sefarditas vivieron muchos siglos en España. No hay más que ver la cantidad de arte que, con gratitud, nos dejaron. No hay más que visitar Toledo y sus sinagogas, como la del Tránsito, u otras más, para darse cuenta de la enorme similitud que tenemos ambos países.

Pero una cosa es eso y otra son políticos como el siniestro y perverso Benjamín Netanyahu. Metió al presidente estadounidense Donald Trump en una guerra que no le correspondía. Existían pruebas de que Irán no representaba una amenaza ni para Estados Unidos ni para Europa; sí para Israel. Y por eso entramos todos, aunque sea de manera parcial, en esa guerra.

Pero es más: a pesar de las treguas disfrazadas, Benjamín Netanyahu sigue su propia agenda. Continúa golpeando el sur del Líbano y Gaza para acabar con los pocos reductos que quedan de Hezbolá en el sur del Líbano y de Hamás en Gaza. Eso es cierto. Pero no olvidemos el afán expansionista de Netanyahu. Y tampoco olvidemos el interés real que tiene en hacer el Gran Israel.

Mira con ojos desafiantes al resto de sus vecinos. Hay muchas tierras en esa parte del planeta que Netanyahu no desprecia.

 

   @pelaez_alberto