Los riesgos de rompimiento se han disipado.

Todas las corcholatas han prometido lealtad.

Y con esa garantía arrancada por el Presidente de la República durante su encuentro del lunes en el restaurante El Mayor, el domingo próximo no debe haber disidencias.

Se tomarán acuerdos, habrá un solo sondeo, todos lo respetarán, acaso la única novedad sea pedir renuncias a sus cargos y la dinámica quedará encarrilada para esperar la decisión septembrina.

Ante esta fe ciega garantizada, poco importará si la encuesta es inducida -cuchareada, decía hace tiempo Andrés Manuel López Obrador- o se teje en Palacio Nacional.

Si es dedazo, pues.

Los cuatro posibles -Claudia Sheinbaum, Adán Augusto López, Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal- están advertidos: habrá un ganador y los otros tres tendrán garantizados cargos secundarios.

Y si en la estadística aparecen el senador Manuel Velasco y el diputado Gerardo Fernández Noroña, será para garantizar la lealtad de los partidos Verde y del Trabajo para 2024.

O sea, todo sellado.

CAMACHO Y COLOSIO

Pero hay una duda, Marcelo Ebrard.

El canciller arrastra la imagen de Manuel Camacho Solís, quien se indisciplinó en 1993 luego de la postulación de Luis Donaldo Colosio, porque se creía con derecho.

¿Por qué?

Esta es la historia:

Muy jóvenes, cuatro políticos formaron un club y firmaron un compromiso: lucharían por llegar al poder y se heredarían la Presidencia de la República durante 24 años.

Eran los universitarios Carlos Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís, Francisco Ruiz Massieu y Emilio Lozoya Thalmann.

Cada uno se quedó con una copia y a mi me tocó verla en el despacho de Ruiz Massieu, quien en su oficina de Polanco me dijo en 1992:

-Ese es el orden. Yo seré presidente en 2000.

Pero una historia torció el compromiso:

Cuando Camacho Solís era subsecretario en Programación y Presupuesto, abogó por convertir a Luis Donaldo Colosio en director general de Desarrollo.

Llevó a Colosio ante el secretario Salinas y así surgió su nombramiento.

LA PROMESA VIOLADA

Aquella amistad se rompió a partir de 1989.

Manuel Camacho y Luis Donaldo Colosio se convirtieron en presidenciables y comenzó una guerra sin cuartel apenas rota por fracasados intentos de paz.

Un día se reunieron en el University Club ante tres testigos: Marcelo Ebrard, Francisco Ruiz Massieu y Orlando Arvizu Lara, hidalguense vocero del PRI.

Ahí Camacho reclamó porque, dijo, le cuestionaban su trabajo en el Distrito Federal “y me consta que esos ataques salen de tu oficina”.

-Todo eso lo han hecho ustedes -se dirigió a Colosio y Arvizu Lara.

-Y también los ataques contra Luis Donaldo salen del GDF -refutó Arvizu.

Ahí no se señaló, pero hay un dato: Camacho se negaba a llamar por su nombre a Colosio y despectivamente le llamaba “borracho” porque de vez en cuando bebía algún tinto o whisky.

-Buchanans con un solo hielo y agua natural -lo pedía.

Todo seguiría igual, advirtió Arvizu Lara, si no dejaban en paz al dirigente del PRI, porque él como vocero estaba para proteger su imagen y perfilarlo como candidato presidencial.

El resto es público: ganó Colosio, Camacho no se disciplinó y ahora la única duda en Palacio Nacional es si Ebrard actuará de la misma manera.

-Tiene los genes políticos de Camacho -ha reflexionado en voz alta quien decide en Morena y decidirá el 2024.

LEG

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