En términos prácticos, parece que el sexenio ya terminó.

No hay en el horizonte mayor interés del Gobierno sino terminar las dos obras faraónicas que le restan y garantizar, como sea, la continuidad en el poder.

Generalmente, el 4 año de todos los gobiernos era el de la consolidación de sus proyectos; el quinto el de la despedida y el sexto el de la preparación de la salida.

Pero como el actual Presidente tiene una agenda que pocos conocen -y muchos ni siquiera entienden-, decidió adelantar su sucesión lo que descuadró el esquema de sexenios anteriores.

Para algunos, el rompimiento de ese esquema, que había permitido la estabilidad política, fue un éxito “porque rompe con el pasado’’.

Pero en términos prácticos, significó el cierre del sexenio pues todo el gabinete se dedicó al tema de la sucesión presidencial en favor de su favorito.

No hay política interior; el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, está en campaña permanente y hasta los actos institucionales, como el convenio firmado ayer en Nuevo León para resolver la crisis hídrica, son aprovechados como aparador para venderse como la solución que el país requiere.

La política económica está supeditada al humor presidencial.

Un día el presidente López Obrador sugiere que el país podría salir del tratado comercial de Norteamérica y al día siguiente se arrepiente.

La encargada de la política comercial, Tatiana Clouthier, alguna vez considerada corcholata, no fija la posición oficial de México y deja la responsabilidad de los primeros acercamientos con Estados Unidos y Canadá a una subsecretaria, Luz María de la Mora Sánchez, quien seguramente conoce más del tratado comercial con los socios de Norteamérica.

La política de Salud está en manos del subsecretario Hugo López-Gatell, fuertemente cuestionado por el manejo de la pandemia de Covid-19, y no por el titular de la Secretaría respectiva, Jorge Alcocer Varela.

López-Gatell será diputado federal por si las cosas se complican en la elección presidencial a Morena; de lo contrario, será el siguiente secretario de Salud de México.

En el Legislativo habrá mucha paja y pocos o nulos resultados.

Las dos iniciativas presidenciales pendientes, la de la reforma electoral y la que militariza totalmente a la Guardia Nacional -es decir, simplemente quitará la máscara-, serán rechazadas por la oposición.

Con un agravante más, el coordinador de los senadores de Morena, Ricardo Monreal, reveló ayer que es posible que el próximo año ni siquiera milite en ese partido.

Y si no es con el zacatecano, ¿con quién se entenderá la oposición en el Senado?

Lo único que mantiene girando en este momento a la administración pública es el diseño del presupuesto para el próximo año, que ya se sabe, será absolutamente restrictivo.

De una forma u otra, se acabó el sexenio.

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Aunque falta más de un año, el retiro del consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, en Morena -y también en el resto de los partidos- el tema ya comenzó a mover a sus jerarcas.

Solo una traición de alto nivel en la alianza formada por el PAN, PRD y PRI, permitiría que se aprobara la reforma electoral que propuso el Ejecutivo y que, en términos llanos, implica la desaparición del INE como lo conocemos, así como intercambiar el método de elección de los consejeros electorales.

Córdova ha sido un feroz defensor del INE y ha resistido las amenazas abiertas y las campañas de odio financiadas en las redes sociales.

Su sucesor en la presidencia del Instituto Electoral, por el momento político que vivirá el país el próximo año, es un tema, ese sí, de seguridad nacional.

 

LEG