Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Seguramente han escuchado decir que alguien está jugando al abogado del diablo cuando decide tomar una postura contraria a la mayoría sin realmente creer en ella. Aquel que juega al abogado del diablo puede tomar la postura más antagonista, polémica, arriesgada, absurda o cruel, con tal de no concluir un debate o con la intención de orillar al contrincante a perder los estribos. Sin embargo, la característica más importante es la falta de compromiso con la postura sostenida. ¿Por qué alguien ofrecería argumentos en contra de lo que realmente cree? ¿Qué tiene que ver el diablo en todo esto? Les cuento.

Antes del siglo XIII,en la Iglesia católica, los obispos tenían la facultad de reconocer como santos a mártires, o a quienes fueran alabadas por una comunidad como personas excepcionalmente virtuosas y que se les atribuyera una conexión especial con Dios. Todo dependía, en realidad, de que el pueblo los aclamara como santos y de que el obispo diera su visto bueno. Propiamente hablando, no había un proceso oficial y un protocolo que sirviera para decidir quién debía ser canonizado o no.

Poco a poco, esta facultad de canonización se trasladó de los obispos a la Santa Sede. Todo empezó en 993, cuando el papa Juan XV canonizó a Ulrich, obispo de Augsburgo, veinte años después de su muerte. Unos años después, el papa Alejandro III empezó a restringir la canonización como decisión exclusiva de la Santa Sede. Esto se volvió ley general durante el papado de Gregorio IX. Unos siglos después, en 1588, el papa Sixto V determinó que la Sagrada Congregación de Ritos se hiciera cargo de los procesos de canonización.

Hay cinco pasos en el proceso oficial para reconocer a una persona como santa: 1) postulación, 2) declaración de que el candidato es siervo de Dios, 3) declaración de que el candidato es venerable, 4) la beatificación y, finalmente, 5) la canonización. Es en esta última etapa en la que se declara que la persona es santa. Sólo puede ser canonizada la persona que haya sido previamente beatificada. Este reconocimiento se otorga a quienes hasta el momento de su muerte hayan gozado de fama de santidad de manera constante y en varios lugares. Además, se requiere reunir información sobre su vida, sus escritos y sobre los milagros que realizó durante su vida o después de su muerte. Haber muerto en martirio no es una condición para la beatificación, pero puede ser una prueba a favor. Aquellos que sean declarados beatos pueden recibir culto público en iglesias locales. Para la canonización se requiere un segundo milagro posterior a la beatificación. Si se comprueba, entonces el papa declara a la persona como santa, lo que significa que puede formar parte de calendario litúrgico.

Parece que nos hemos perdido entre tanto proceso. ¿Qué tiene que ver esto con el abogado del diablo? Lo crean o no, ser el abogado del diablo (advocatus diaboli, en latín) fue un puesto fundamental durante los procesos de canonización desde finales del siglo XVI, durante el papado de Sixto V. ¿Qué hacía el abogado del diablo? Se encargaba de poner a prueba la verdad detrás de las aclamaciones de santidad. Su trabajo era buscar causas naturales para sucesos supuestamente milagrosos, así como buscar motivaciones egoístas y mundanas detrás de las supuestas virtudes heroicas del candidato a santo. Quien se dedicaba a ser abogado del diablo pertenecía a la Iglesia católica, pero su rol era el de un escéptico capaz de argumentar en contra de la presencia divina en los casos de posibles santos. Etimológicamente, “diablo” (del griego antiguo diábolos) significa dividir con mentiras, calumnias y envidias. Así el abogado del diablo se encargaba de, digámoslo así, ensuciar las exclamaciones de santidad.

Por cierto, ser reconocido como santo por la Iglesia Católica no significa que ese personaje fuese perfecto o impecable; en estricto sentido, significa que esa persona se salvó y está en el cielo. ¿Y la Iglesía ha declarado que alguien está en el infierno? Por increíble que parezca, la Iglesia Católica nunca ha afirmado contundentemente que un ser humano esté en el infierno. Hacerlo sería poner límites a la misericordia de Dios.

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@hzagal