El duelo es un camaleón. No siempre se presenta en el “tiempo preciso”, ni se procesa de una manera unánime.

Existen las famosas 5 etapas del duelo de Elizabeth Kübler-Ross: negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Sin embargo, no cualquier persona tiene que haberlas vivido todas para decirse sanadas, tampoco en ese orden. La pérdida de una persona, y cómo lidiamos con ella, puede ser tan compleja como la persona misma.

Drive My Car, dirigida por Ryusuke Hamaguchi y ganadora como Mejor Película Extranjera, explora el dolor a través de cómo un dramaturgo y actor desafía la pérdida de su esposa mediante el montaje del Tío Vanya, una clásica obra de teatro de Antón Chéjov, y con las curiosas relaciones que forma con su chofer y con uno de los protagonistas de la obra donde funge como director.

La cinta juega con las sutilezas, los detalles y el lenguaje cinematográfico para explorar los demonios de estos ilustres personajes, con detalles muy particulares y con historias tristes. Aquí nadie es perfecto, y la magia de la película se centra en un fantástico guión, centrado en el misterio, el drama y la contención. Se refleja cómo el duelo puede destrozar a cada persona.

La narrativa, coescrita por Hamaguchi y el guionista Tamakasa Oe, está basada en un cuento del reconocido escritor japonés Haruki Murakami, cuyo trabajo se caracteriza por contener personajes complejos, una atmósfera melancólica y finales abiertos. Aquí se expanden los elementos del cuento, pero la esencia del escritor se retrata perfectamente con los detalles intercalados dentro de los diálogos, las acciones y las escenas clave dentro de la cinta. Al fin y al cabo se trata de otra historia llena de dolor con personajes lastimados.

Pero claro, el impacto de tales implicaciones narrativas no sería el mismo si las actuaciones fracasaran. Por fortuna, este no es el caso. Hidetoshi Nishima, como nuestro protagonista Yusuke, y Reika Kirishima como Oto, la esposa, y Toko Miura como Misaki, la chofer, hacen perfecta mancuerna, cultivando el viaje emocional en algo mucho más palpable.

Aunque a veces sí se siente pesada la duración de la cinta—dura 3 horas—su conjunto hace tanta armonía que es difícil olvidarse de ella. Es una película seductora, con el poder de encantar a sus espectadores hasta mucho tiempo después de haber abandonado la sala de cine.

Porque todas las personas hemos vivido alguna especie de duelo en nuestras vidas. Y arte como este es lo que nos enseña a saber sobrellevarlo.

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