Foto: Cuartoscuro / La voz de miles de mujeres exigiendo justicia fue tan fuerte que no pudo ser apagada por ningún acto de violencia  

Sentadas frente al Monumento a la Revolución, un grupo de mujeres elabora pancartas de protesta, se saludan y se abrazan como hermanas, a la par que se pintan el rostro de verde y morado unas a otras.

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Ellas, como alude el monumento frente al que se encuentran, son revolucionarias, y su lucha es por los derechos de las mujeres, contra la violencia de género, por las desaparecidas… Y las asesinadas en un país que registra diez feminicidios al día.

Primero son unas decenas, pero luego del Metro descienden cientos y cientos hasta llegar a miles, que en éste y otros puntos de la capital de la República se alistan para avanzar hacia el Zócalo de la Ciudad de México.

Llega la hora y en las calles miles de pasos suenan fuertes y firmes, reforzados por consignas dichas a voz de grito: “Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal”.

“Tranquila, hermana, aquí está tu manada”, “Señor, señora no sea indiferente se mata a las mujeres en la cara de la gente” y “Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, salen una y otra vez de miles de gargantas al unísono.

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Entre los grupos se distinguen niñas pequeñas acompañando a sus madres, felices de ser parte de algo que quizá no comprenden bien, pero sintiéndose amadas y protegidas entre tantas mujeres grandes y fuertes a su alrededor, como una manada de leonas cuidando a sus cachorras.

“A veces tardamos mucho en darnos cuenta de violencias que sufríamos y creíamos que eran nuestra culpa. Igual es para ayudarles a que cuando crezcan, no crezcan con las mismas inseguridades que nosotras o las mismas molestias, que tengan consciente qué es lo que está bien, qué es lo que está mal”, explica Monica, sobre la presencia de las menores.

Por doquier se observan mujeres de todas las edades y condiciones, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, ancianas, madres, hijas, estudiantes, abuelas, nietas, profesoras, familiares de víctimas de violencia. Para todas hay espacio.

Y si bien no faltaron algunos desmanes y actos vandálicos por parte de encapuchadas, estos quedaron eclipsados por una demostración de unión, fuerza y, sobre todo, sororidad.

La voz de miles de mujeres exigiendo justicia fue tan fuerte que no pudo ser apagada por ningún acto de violencia.

LEG