Miguel Pérez Si bien Gabriela tiene miedo de volverse a contagiar, ahora tiene una nueva perspectiva de lo que es vivir  

Angélica Gabriela de 51 años fue la última persona en infectarse de Covid-19 en su familia integrada por su papá, sus tres hijas y ella. Fue a finales de 2020 cuando una a una se fueron enfermando, “primero empezó mi hija la mayor, la mediana, la más chica y mi beba –refiriéndose a su nieta de dos años-, quien empezó con temperatura hasta llegar a mi papá”.

Sentada en la sala de su casa ubicada en el municipio de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, Gabriela observa a su nieta e hija menor y recuerda el inicio del evento que cambió sus vidas.

Era diciembre de 2020 y la cifra de muertos ascendía a 120 mil defunciones en México. Gabriela y su familia nunca imaginaron que podrían contraer el virus en ese momento: “Se veía en las noticias, se escuchaba, pero no imaginábamos que nos tocaría, porque nunca salíamos. Solo al súper. Nunca nos imaginamos que nos íbamos a enfermar”, relata con un ademán de tristeza.

Tras salir positivas en su prueba Covid, sus hijas y ella decidieron comenzaron a tratarse con un médico particular debido a la alta demanda del sector salud, sin embargo, conseguir la atención no fue fácil pues cerca de su domicilio no había doctor que quisiera atenderles por “miedo a la enfermedad”.

Los primeros dos días Gabriela comenzó con síntomas comunes como pérdida de olfato y gusto, no tuvo temperatura, pero sentía el cuerpo “desguansado”. Sin embargo, al tercer día empeoró gravemente, “sientes que te carcome el cuerpo desde adentro. Ya no tenía fuerzas para levantarme, estaba oxigenado en 50, ya no hablaba, me hacía falta el oxígeno.”

Fue entonces que sus hijas tomaron la decisión de internarla en la Clínica Familiar del IMSS Núm. 72, ubicada en el municipio vecino, Tlalnepantla de Baz. Al llegar al hospital el diagnóstico fue una neumonía causada por COVID-19, ahí se mantuvo un mes internada.

Mientras las lágrimas invaden su rostro, Angelica recuerda despedirse de su hija mayor momentos antes de ingresar a urgencias, “pensé que no iba regresar, le dije que se hiciera cargo de todo”. Durante su paso por el hospital, enfermeros y doctores le leían las cartas de apoyo que su familia le hacían llegar, “quería decirles que estaba bien, que le echaran ganas”.

Y recuerda lo complicado que es estar internada en un hospital: “Nos pasaron a un área, nos quitamos la ropa, nos ponen bata y nos dan el antibiótico: algunas personas lloraban, otras no decían nada, pero se veía en sus ojos -refiriéndose a la angustia- los enfermeros nos veían como familia, nos decían que le echáramos ganas, porque muchos de ellos también perdieron a su mamá o papá. Nos hicimos una familia”.

A pesar de que su proceso requería de intubación, Gabriela desistió a esto… “yo no quería, sentía que no volvería abrir los ojos, no iba a despertar: yo le dije al doctor que me diera una alternativa”, sin mucha certeza de poder salir, el tratamiento consistió en antibiótico intravenoso, además de encontrarse bocabajo con oxigeno de 15 l/m.

Después de un mes de estar internada, Gabriela fue dada de alta pero sufría de fibrosis en el pulmón derecho: “Al ver la radiografía parecían algodones”. Con tanque de oxígeno eléctrico, dieta nueva y la poca certeza de estar mejor en un lapso que los doctores mediaron entre seis meses y un año en tratamiento, regresó a casa; los ejercicios de respiración con globos del número ocho y el uso de tanque de oxígeno fueron su rutina los primeros tres meses.

A poco más de un año de haberse contagiado, no solo la fibrosis persiste, sino también el uso de los inhaladores y las consultas por mes, además, ahora es hipertensa y ya no sale como solía hacerlo pues los dolores por el frío la aquejan seguido. “Cuando hace frío me duele mucho el pulmón, es una frialdad por dentro. Los doctores me dicen que es normal, que se quita con el tiempo, a veces creo que ya no”.

No solo las secuelas por el Covid-19 cambiaron la calidad de vida de Gabriela, sino también la de sus hijas quienes tuvieron que cambiar su rutina, la menor se vio obligada a dejar de trabajar para poder ir a los informes diarios al hospital, ayudarle a bañarla, cocinarle… además, comenta que el entorno en la colonia donde viven ha sido de discriminación desde un principio, pues si bien no han recibido agresiones verbales o físicas, la gente ya no les habla, no las saludan, se alejan de ella y de sus hijas: “ese es el mal de estar desinformado del virus”, sentenció.

No obstante, a pesar de las limitaciones y el desgaste físico, para Gabriela salir adelante ha significado una segunda oportunidad: “es volver a vivir, yo pensé que no regresaría. Es volver a la vida”.

 

PL