Ángel Álvaro Peña
 

ALMA GRANDE

Sociedad deshumanizada

Por Ángel Álvaro Peña

Nadie sabe cómo empezó todo, pero sucedió. De repente nos dimos cuenta de que no era necesario hablar con nadie para obtener lo que necesitábamos. Pudiéramos haber perdido el habla y no nos hubiéramos dado cuenta.

Los precios de los alimentos tenían letreros, ya no era necesario saludar y peguntar cuánto valen los productos. Después se puso peor, en el supermercado ni siquiera le veíamos la cara al vendedor, sólo tomábamos lo que queríamos, pagábamos con la tarjeta y salíamos de ahí sin pronunciar una palabra. Ni un “gracias” decíamos, no había a quién decirle nada. Ni una sonrisa, ni un saludo. A eso le llamamos entusiasmados, modernidad. Nos decimos civilizados, modernos, actualizados.

Al subir al camión saludábamos al chófer, al pasar por el crucero de la esquina el policía se quitaba la gorra y decía el nombre del ciudadano o simplemente lo saludaba diciendo un simple “adiós vecino”. Éramos vecinos a la antigüita, pero muy humanos. La deshumanización llegó con el desarrollo y ahora nos vemos como enemigos.

Un personaje que era el eje de la economía, y ahora nadie recuerda, era el gerente del banco, quien autorizaba préstamos, firmaba cheques, decidía destinos de agricultores, pescadores, amas de casa, estudiantes y profesionistas.

En las ciudades pequeñas era el que salvaba vidas con un préstamo para una operación, o hacía feliz a una familia otorgando el crédito para una casa o un automóvil. El mercado interno de algunas poblaciones se movía gracias a estos personajes, que solían ser vecinos, amigos o hasta familiares de sus clientes, que saludaban cada mañana y ellos no tenían la necesidad de investigar la solvencia de quienes conocía de sobra. No había morosidad, y menos fraude. Se pagaba puntualmente y así los gerentes hacían crecer a la institución para la que trabajaban haciendo un bien a la sociedad. A veces tenían más autoridad que el propio presidente municipal y competían con el gobernador en cuestiones de poder.

La solidaridad era un hábito, ahora es un mérito. Los gerentes actuaban con nobleza en cada cliente, ahora éstos son ladrones o nacos para ellos, porque piensan que no tienen dinero, pobres que no son dignos de hablar con nadie que trabaje en un banco.

Nadie protestaba porque a pesar de las diferentes necesidades éramos iguales. Teníamos amigos, ahora tenemos seguidores. Hablábamos cara a cara, ahora nos enviamos mensajes; sonreíamos, ahora ni si siquiera nos vemos a los ojos. Nos abrazábamos, ahora sólo enviamos un monito por el celular. Nos queríamos, ahora sólo nos apreciamos.

El amor se ha mecanizado a grado tal que hay novios por internet, con planes de matrimonio entre personas que nunca se han visto. Lo absurdo cobró vigencia en nombre de una modernidad que no es propia de los seres humanos, pero que funciona con una inercia involuntaria, inconsciente, automática, como una ola de modas y novedades que terminan por fracturar a una sociedad enferma. Hasta desconocemos que nosotros mismos tenemos la cura a la progresiva deshumanización. A veces basta con una sonrisa y los monstruos se derrumban como si fueran de arena.

Cuando viajamos ya no disfrutamos lo que vemos o lo que vivimos, les tomamos fotos con el celular para que vean los demás dónde estuvimos. Para que a través de esas gráficas se note que hay diferencias sociales y unos pueden disfrutar de lugares lejanos y otros no. Nos hemos vuelto presumidos y sectarios.

La especulación inició con la modernidad que muchos atrajeron en su beneficio y la voracidad de quienes pudieron hacer un bien común se quedan con todo el pastel sin compartir una rebanada. Como si la vida les alcanzara para comerlo todo. Todo para el ganador, como sinónimo de progreso. La individualidad del poder y la discriminación de los demás. Los pobres y los ricos, los que decidían y los que obedecían. Si alguien salía de ese orden era castigado y entonces empezaron los poderes falsos.

Ahora el pueblo empieza a recobrar la confianza en sí mismo, a darse cuenta de que tiene poder, a responsabilizarse de su decisión, a hacer valer su tarea diaria.

Así surgieron, por ejemplo, los intelectuales que nunca lo fueron. Simplemente nos engañaron, cerrando las alternativas de información, junto con un grupo de medios de información que en su momento fueron parte del poder, que para manipular cerraban la posibilidad de que nos informáramos más allá de lo que ellos consideraban que debíamos saber.

Así, los periodistas que eran líderes de opinión, aunque nunca lo fueron, pasaron a ser simples voceros del poder, aderezados con anécdotas que cercanía con el poder les permitía, porque pertenecían al mismo grupo, el de los poderosos, y así contaban frases y se atrevían a una que otra indiscreción que los políticos después les perdonaban a cambio de una alabanza gratuita en el momento necesario.

Los catedráticos no se convertían automáticamente en intelectuales como ahora. Enseñaban a todos por igual, sin importar el color de la piel o el origen. En estos años vemos que mientras mayor es el grado académico los privilegiados que pudieron estudiar hasta el doctorado discriminan más, porque creen que sus estudios pueden alejarlos de sus orígenes. Ahí está el ejemplo del consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, que trató de nacos a líderes de comunidades indígenas, burlándose con Edmundo Jacobo, un parásito eterno del INE, que tiene más de 20 años viviendo de la aparente defensa de la democracia. Y no han despedido a ninguno de los dos. Son más poderosos que las leyes contra la discriminación, o no sabemos sin son poderosos porque discriminan. Esta sería una tarea para las autoridades políticas, judiciales y legislativas. Es decir, esta grave situación es responsabilidad de los tres poderes.

Hemos perdido una buena parte de la humanidad, y lo poco que nos queda lo damos a los más cercanos. No alcanza más, lo demás de nuestros actos, de nuestra vida, está mecanizada. Se volvió un robot.

Ya no contemplamos los amaneceres, a veces los confundimos con el ocaso. Y eso anuncia otros ocasos sin un nuevo día. Nos hemos deshumanizado. PEGA Y CORRE. – Esperemos que Luis Wertman Zaslav, nuevo titular del Servicio de Protección Federal, ofrezca mejor servicio al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, porque lo que dejó como herencia Manuel Espino Barrientos, fue un desastre. Aunque, por los antecedentes del recién llegado, todo hace suponer que se trata de otra herencia inútil, porque la responsabilidad es muy grande como para que un administrador de Negocios tenga en sus manos la vida de periodistas y defensores de los Derechos Humanos. Wertman Zaslav, llega la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana con Marcelo Ebrard, en 2008, y estuvo todo el mandato de Miguel Ángel Mancera al frente del Consejo Ciudadano de Seguridad de la Ciudad de México, donde se ha eternizado. La prestación de servicios de protección, custodia, vigilancia y seguridad de personas es mucho más que un cargo burocrático, y no se trata sólo de una responsabilidad política, sino de la vida de muchos hombres y mujeres que siguen matando en las calles del país. La improvisación y la falta de sensibilidad ha matado a mucha gente como para adoptar a un recomendado… Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.

 

 

angelalvarop@hotmail.com