Buceando en aguas profundas

La existencia no admite representantes

Jorge Bucay

La mayor parte de las formas, de hecho, casi todas, en que los seres humanos nos relacionamos, llevan la intención, siempre oculta para nosotros mismos, de sanar nuestras heridas de infancia y realizarnos a través de otro, cosa, por supuesto, imposible de lograr. Si esto último no fuera evidente, no tendríamos que esconderle a nuestra conciencia los motivos.

A este tipo de relaciones, familiares, de pareja o amistad, en las que creamos necesariamente una dependencia emocional de otro, le llamamos genérica y, por supuesto erróneamente, “amor” o “afecto”, según el caso.

Se trate de obtener de otro lo que nos faltó en la infancia o de que haga lo que nosotros no pudimos, las relaciones establecidas desde este lugar interior de carencia y debilidad nos vuelven exigentes, esclavizadores y esclavos a la vez.

La exigencia nos hace crear expectativas; es decir, ideas fijas de cómo tendrían que ser las cosas y las personas, inalcanzables por su irracionalidad. Pero tanto es el miedo y tan profundo el dolor, que para no enfrentarlos preferimos aferrarnos neciamente a ellas.

La misma exigencia esclaviza al otro si es que decide quedarse en la relación. Son dos las actitudes que puede tomar: tratar de cumplir expectativas ajenas que ni siquiera conoce, por lo que intentará adivinarlas todo el tiempo, o resistirse a que se le impongan, luchando a su vez por dominar al otro, casi siempre con agresión pasiva.

En este juego destructivo de relaciones codependientes, uno de los modelos más frecuentes es el del rescatador y el rescatado. El “Caballero Blanco” y su princesa, sin importar si es hombre o mujer quien adopte cualquiera de los roles.

El Caballero Blanco es un síndrome descrito por las investigadoras y psicoterapeutas Mary Lamia y Marilyn Krieger, en su libro del mismo nombre, con subtítulo: “Rescatándose de la necesidad de rescatar a otros”.

El fuerte del binomio, el rescatador, lo es solo en apariencia; en realidad tienen una enorme debilidad interior, una baja autoestima y heridas emocionales muy marcadas.

Este tipo de personas siempre atraerán a otras con diversos problemas, ya sean económicos, familiares, de salud mental o física, adicciones o soledad, pero siempre con un invisible, aunque gigantesco, letrero emocional de “¡ayuda, por favor!”, solo visible para la parte inconsciente de la psique del rescatador.

Este tipo de vinculación puede darse en cualquier relación, pero es mucho más frecuente en la de pareja. El rescatador, que suele tener un pasado de pérdidas y abandonos, tratará tanto de sanar sus heridas de infancia, como de realizarse a través del rescatado, que a su vez fue marcado emocionalmente en su niñez por la descalificación y la invalidación, de manera que no se cree capaz de satisfacer sus propias necesidades.

El rescatador ansía ser todo para el otro y exige entrega total. El rescatado puede intentar complacerlo en ambas expectativas, o luchar para no ser condicionado, pero sin perder el vínculo. En ambos casos la relación es destructiva, ya sea por la nulificación de la parte aparentemente débil, que en realidad es su elección personal, ya por una batalla permanente y abierta de egos.

El rescatador lo resuelve todo, carga con todo, para sentirse siempre decepcionado de la falta de reciprocidad, pues la creciente deuda que le impone al otro irá fortaleciendo el vínculo enfermizo, o eso cree, puesto que muy frecuentemente el rescatado es el que se cansa primero y rompe la relación, dejando al Caballero Blanco sin motivo para justificar su existencia, de manera que éste irá en pos de otra princesa en aprietos.

El rescatado, a su vez, tiene la posibilidad de crecer y hacerse cargo de sí mismo, pero generalmente va en busca de un rescatador “menos exigente”, pretendiendo, igualmente, sanar sus heridas de infancia y realizarse a través de lo que el otro haga por él o ella.

La antítesis del amor.

@F_DeLasFuentes

[email protected]