Cuando la FIFA decidió incrementar el aforo mundialista en España 1982 (para ese certamen ya fueron 24 selecciones participantes, a diferencia de las 16 que se clasificaron hasta Argentina 1978), se generalizó una sensación: que ya era demasiado fácil calificar a un Mundial.

Eso no quitó que selecciones exitosísimas en los años setenta (de Europa pienso en Holanda, de América pienso en Perú), abrieran una larga travesía sin meterse a una Copa del Mundo.

O el caso de Francia que, justo después de su generación dorada encabezada por Michel Platini, no pudo clasificarse ni a Italia 1990 ni a Estados Unidos 1994 (Mundial del que también quedó marginado un semifinalista cuatro años, Inglaterra).

Así que el paso de 16 a 24 no propició que en automático se clasificara quien tuviera un futbol más o menos serio. Como tampoco el de 24 a 32 selecciones (precisamente, desde Francia 1998). En el camino han sucedido demasiadas cosas. Por ejemplo, en Europa hay muchas más selecciones al haberse dividido la URSS en quince países, Yugoslavia en siete y Checoslovaquia en dos; eso ha hecho extenuante ese proceso eliminatorio. Sin embargo, hay otros factores: varios han crecido futbolísticamente y varios más han aprendido a defenderse, complicando y apretando a quien sea. Luxemburgo o Islandia, Venezuela o Bolivia, Panamá o Jamaica, Omán o Siria, Mozambique o Benín, ya no son un cheque al portador para quien lo enfrente en su respectiva confederación.

Así que hoy, ante el último Mundial de 32 equipos (el de 2026 ya será para la locura de 48), Italia y Portugal caminan sobre el alambre, temerosos de una repesca a la que se le han añadido fases: antes era un cotejo a ida y vuelta, hoy son seis llaves de semifinales y luego tres finales a partido único. ¿Cómo se metieron en semejante lío? Dejando ir puntos obligados: los lusitanos cayendo en casa a manos de Serbia (duelo en el que especularon con el empate hasta límites autodestructivos de tan absurdos); los azzurri incapaces de vencer en casa a Suiza y luego a domicilio a Irlanda del Norte.

Al tiempo, en África ha sufrido muchísimo Ghana para avanzar a la última ronda, en Asia los japoneses han tenido varias veces la soga al cuello y en Sudamérica todo está trabado más allá de los hegemónicos Brasil y Argentina.

En cuanto a Concacaf, nada nuevo bajo el sol. Desde que existe este formato eliminatorio, el Tri sólo lo libró caminando (La Volpe dixit) en la mitad de las ocasiones (1998, 2006 y 2018); el resto han sido pesares tan hondos como la repesca en Nueva Zelanda de 2014.

Lo primero que debe hacerse es dejarse de dar por hecho una calificación. El Mundial creció en tamaño y seguirá creciendo, pero eso no garantiza nada.

 

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Alberto Lati

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