Foto: AFP La industria capaz de sacar más de 50 temporadas de productos nuevos al año se consume también en los basureros del sur de Latinoamérica.  

En hasta 6 mil metros de altura se levantan las montañas más grandes del Atacama, el lugar más árido del planeta después de la Antártida, pero lo majestuoso del interminable paisaje desértico se cierne ante la huella que tiende el ser humano por todo el lugar al que llega: la contaminación. Al norte del país, en la región de Alto Hospicio, se levantan, con el volúmen de 39 mil toneladas de ropa al año, las montañas de lo que es descartado por la industria del fast fashion.

Desde su fabricación en países como Bangladesh o China, pasando por las tiendas de consumo en Berlín o Los Ángeles, y hasta que finalmente es botada en vertederos improvisados -porque al tener tratamientos químicos no es aceptada por los vertederos municipales-, la industria de la moda (vestido y calzado) se alimenta de 93 mil millones de metros cúbicos de agua al año, y es responasble de 8% de los gases de efecto invernadero, según informes de Naciones Unidas.

En Chile, el sólido negocio de la ropa “americana” se abastece de las 59 mil toneladas que entran por la zona libre de comercio. Lo que no es vendido a la capital, Santiago, o llevado como contrabando hasta países vecinos, termina en la basura, su último aparador y donde la gente que asiste a la “pizca de la moda” lo mismo se puede encontrar una bandera de Estados Unidos que un muro de pantalones con etiqueta, y hasta un par de botas para lluvia, en una de las zonas más áridas del mundo.

 

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