Un clásico a la baja. Cuando este domingo Barcelona y Real Madrid salten a la cancha, lo harán desde la nostalgia, aristocracia muy venida a menos y acechada por un pasado que sin ser remoto lo parece.

Lejos quedan los tiempos en que los dos gigantes españoles aglutinaban con diferencia a los mejores futbolistas del planeta, cuando año con año se iban repartiendo la Champions League (entre 2009 y 2018 acapararon siete cetros europeos y apenas perdieron tres), cuando el Balón de Oro era uno más de los frentes en el que se retaban, cuando sus respectivos entrenadores suponían el choque de los dos máximos evangelios, cuando competían por gastar más que nadie, cuando el resto de su liga les quedaba a años luz, como el resto del continente, como el resto del mundo.

Víctimas de su propia grandeza (el gasto que implicó mantener en nómina a las estrellas: por ello, Messi debió irse y antes Cristiano fue instado a hacerlo). En el caso catalán, víctimas de una pésima gestión (la fatídica presidencia de Josep María Bartomeu). En el caso merengue, víctimas de sus prioridades (la modernización del estadio Bernabéu por encima del fichaje de nuevos galácticos). Víctimas ambos de malas adquisiciones o contratos (con los blaugranas impacta lo de las tres compras más costosas en la historia de la entidad –Coutinho, Griezmann, Dembele—, con los merengues el incomprensible sueldo de Bale o el Hazard que se perdió saliendo de Chelsea), incluso de un futbol que cambió y los va dejando detrás.

Por ello, tan rivales en la cancha han sido tan amigos fuera de ella promoviendo la Superliga que no fue. Matrimonio que remite al apodo que se da al derby de Glasgow, Old Firm, la vieja empresa, porque mientras que sus aficionados se han detestado por más de un siglo, sus dirigentes han sabido lucrar con ese odio y aliarse para ensanchar el negocio.

La razón de fondo: que sobre todo el Barça, aunque también el Madrid, han dejado de competir económicamente con los gigantes de la Premier y con los clubes-estado. Hubo una época en la que fichaban lo que querían y pagaban lo que se les pedía para conservar su hegemonía. Hoy tan distinto, si Kylian Mbappé termina por cambiar al París Saint Germain por el club blanco será por la ilusión de vestir esa casaca y no por ingresar más. Eso les queda como divisa, como a todo personaje anacrónico que se jacte de su linaje noble y asegure tener sangre azul. Eso y otra forma de comprar: adquiriendo a jóvenes talentos ante la imposibilidad de comprarlo al llegar a la cúspide.

El Madrid trae al menos una base que le permite ciertos sueños. El Barça camina sabiendo que ya nada será como fue.

 

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Alberto Lati

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