Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

En la película animada de Hércules (1997) nos encontramos con las Moiras, tres hermanas encargadas de acabar con la vida de los mortales y supervisar la entrada de sus almas al Hades.  ¿Se acuerdan de ellas? Aunque en la película parece que las tres realizan una sola actividad, de acuerdo con la mitología griega, cada una se encarga de un aspecto distinto de la vida y la muerte de las personas. Cloto, «la hilandera», es la más joven de las hermanas y se encarga de tejer la vida de una persona. Para ello dispone de hilos de diferentes colores y materiales; así la vida de unos está tejida con hilo de oro y la de otros con hilo de cáñamo. Una vez decidido los hilos, se los pasa a su hermana Láquesis, «la que da cada quien su lote» o «la que tira la suerte», quien se dedica a girar el huso para entrelazar las hebras de hilos y así distribuir bienes y males en la vida de las personas. Láquesis es también la encargada de determinar la longitud del hilo, la cual equivale a la longitud de la vida. La última de las hermanas en meter mano en el tejido es Átropos, «la inflexible», quien se encarga de usar sus funestas tijeras para cortar el hilo y concluir la existencia.

Hay al menos dos maneras de representar a las Moiras: como doncellas melancólicas o como ancianas de aspecto temible. En Hércules las vemos representadas de acuerdo con la segunda tradición. Su origen depende de las fuentes que consultemos. En la Teogonía de Hesíodo, las tres hermanas son hijas de Zeus y Temis, deidad de la justicia y equidad cósmica. Sin embargo, también Hesíodo escribe que eran hijas de Nyx, diosa primordial de la noche. Otros, como Platón en su República, han dicho que las Moiras eran hijas de Ananke, personificación de la necesidad. Justicia, obscuridad y necesidad son las fuerzas que originan a esta triple personificación del destino.

Entre los romanos las Moiras eran conocidas como las Parcas. La menor se llamaba Nona, cuyo nombre hace referencia a los nueves meses de gestación de un humano antes de nacer. La siguiente hermana se llamaba Décima que, como su contraparte griega Láquesis, se encargaba de determinar la longitud de la vida del recién nacido. Y Morta, la mayor, se encargaba de la muerte. Las Parcas se encargaban del destino en cuestión de la duración de la vida, pero no del destino individual. Al menos eso sugiere un texto de Tertuliano sobre el alma en el que menciona a las Fata Scribunda. Estas deidades se presentaban no al momento del nacimiento, sino en el día lustral del recién nacido. Este día lustral era una ceremonia de purificación llamada Lustratio. Las Lustratio no sólo buscaban purificar a los recién nacidos, sino que también servían para limpiar la ciudad cada cinco años (lustros) y para purificar a los soldados antes de entrar en batalla.

Cuando la purificación se celebraba para los nuevos miembros de una familia, se realizaba nueve días después del nacimiento si el bebé era varón y ocho días después si era mujer. El día lustral, el bebé recibía su praenomen, es decir, su nombre de pila que lo distinguía como un individuo más allá de la familia (gens) a la que perteneciera. Ya que poseía un nombre y una existencia individual, las Fata Scribunda se presentaban y marcaban el destino personal de cada recién nacido. Esto significa que los romanos tenían dos nociones de destino: una impersonal relacionada con el ineludible hecho de que a todo nacimiento le llegaría su último día, y otra individual que correspondía al destino específico de cada persona.

La personificación de las Moiras y las Parcas representan una manera de explicarnos, nosotros mortales, por qué acaba la vida en el momento en el que lo hace y por qué la muerte llega a buenos y malos, a viejos y jóvenes. De alguna manera son el consuelo de quiénes nos quedamos de este lado contemplando el horizonte de nuestra mortalidad, el cual nunca está lejos y nunca cerca, pero siempre presente.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal