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Es el primer día del Semáforo Epidemiológico Naranja. Sobre Pino Suárez, en el Centro Histórico, se ven filas de gente afuera de las tiendas, luego de que el aforo se redujo al 50% como parte de las medidas para impedir la propagación de más contagios de Covid-19.

Las personas esperan para ingresar a los locales, pues primero se les toma la temperatura y luego se les da gel antibacterial.

Pero el cambio del Semáforo Amarillo a Naranja parece no alterar la rutina caótica de los chilangos, quienes desde hace semanas empezaron a relajar las medidas de protección al creer que el “bicho” iba a la baja, o tal vez porque se sienten más protegidos aunque sólo tengan una dosis de la vacuna.

En tanto, sobre la avenida, el tránsito vehicular no cesa y hasta hay embotellamientos.

A diferencia de 2020, cuando comenzó esta pandemia sin final, la ciudad ahora no puede (o no quiere) cerrar las actividades económicas, pues son demasiadas las familias afectadas en sus bolsillos por la emergencia sanitaria.

Reflejo del trajín son las calles de Corregidora, Colombia y Jesús María, donde el ambulantaje se ha disparado, pues en los andadores apenas se puede caminar con el riesgo de pisar alguna lona con productos en venta y escuchar el reclamo de algún comerciante.

Tampoco es fácil mantener la sana distancia entre decenas de personas que acuden para comprar productos y revenderlos.

La imagen de transeúntes sin cubrebocas es cada vez más común, mientras que en los puestos de comida la gente se aglutina, habla, grita, ríe y a la par, las peligrosas gotículas (de las que tanto hablaba el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell) se esparcen por el ambiente y contribuyen al incremento de contagios y hospitalizaciones.

LEG