La luna en Tokio

Alberto Lati

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Sólo escuchar que yo estaba por viajar a Japón para la cobertura olímpica, el escritor Andrés Neuman reaccionó exaltado: “más que aterrizar en Tokio, será un alunizaje, todo tan raro y distinto…”.

Alunizaje, valga la paradoja, en la autoproclamada Tierra del Sol Naciente, donde la bandera lo mismo que el nombre del país aluden a ese encendido sol que emerge al amanecer.

En su novela Fractura, publicada un par de años atrás, Neuman nos ubica en el Japón recién azotado por el devastador terremoto de 2011, seguido primero por un tsunami y después por el accidente nuclear de Fukushima. Experto y apasionado de la cultura nipona, me dijo antes de comenzar nuestra entrevista: “si Fractura necesitara una continuación, sería en estos Juegos Olímpicos”.

Sobre todo, porque su libro abunda en el concepto de la subsistencia tras desastres y catástrofes –como colmo de la casualidad o la meterrealidad, su personaje principal, Watanabe, es un beisbolero empedernido… y en la misma Fukushima que obsesiona a Watanabe habrá partidos olímpicos de beisbol.

Juegos Olímpicos in vitro, de probeta, apretados al interior de una colosal burbuja. Donde tan pronto me he habituado a que me sean realizadas pruebas PSR para la detección de Covid19 (he perdido la cuenta, pero creo que promedio un análisis al día en la última semana y media). Donde los que llevamos menos de catorce días de haber arribado caminamos siguiendo el carril rojo en el piso del hotel, asumido que el verde es para quienes están ya libres de cuarentena. Donde aceptamos resignados que el ministerio de salud rastree en tiempo real nuestros pasos con un GPS, a fin de determinar si nos hemos salido de la burbuja o, más peligroso, si nos hemos acercado a un caso positivo de Covid.

Juegos en los que Japón nos confirma su carga profética: si en nuestra niñez era el país que anticipaba cómo sería el futuro (el manga Astro Boy, del pionero Osamu Tezuka, hacía convivir a humanos con androides), si cuando viví en este archipiélago en 2002 me sorprendí de que los adolescentes apenas alzaran los ojos del teléfono móvil (lo que hoy es norma consolidada en todo el planeta), la otra predicción nipona fue con el cubrebocas: mucho antes de la pandemia aquí ha sido común ver a masas con ese implemento tapándoles de nariz a quijada.

Mientras todo eso pasa, los Juegos empiezan ya este miércoles con atletas que tienen como primer reto el evitar un contagio que los excluiría de la competencia.

¿Absurdo tener Olímpicos así, sin turistas ni aficionados, bajo semejantes riesgos de que el deporte contribuya a expandir la insaciable pandemia? Vuelvo a la charla con Neuman: “También hay un toque kafkiano, completamente delirante o surreal: gente muy preocupada por batir por un centímetro el récord de longitud en mitad del Apocalipsis. Una humanidad empeñada en la minucia olímpica y eso es una perfecta metáfora de nuestra supervivencia, nos aferramos a nuestras minucias para no desaparecer”.

Desde la luna, esperando a que se grite Play ball en la Fukushima de la filtración radioactiva, le concedemos la razón.

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