Cumpliendo con mi deber ciudadano

Este domingo durante la jornada electoral me desempeñé como funcionaria de casilla en las elecciones de la CDMX. En este texto les comparto mi experiencia de formar parte de este gran esfuerzo ciudadano de organización

Cumpliendo con mi deber ciudadano
Foto: Michelle González Llegué agotada, pero me sentí satisfecha de haber participado en estas elecciones y darme cuenta de todo el trabajo que hay detrás de elegir a quienes nos van a gobernar

“Me da gusto que hayan aceptado sus nombramientos y estén cumpliendo con su deber ciudadano. Mañana es el gran día”, escribió Alan, capacitador Asistente Electoral.

Me levanté sin querer despertar. Veía tan lejana la jornada electoral que pensé que con solo un simulacro todo me había quedado claro, pero por supuesto, nada fue como lo imaginé.

-Buenos días, ¿muestras tu nombramiento e identificación por favor?

-Claro que sí, le dije a la presidenta de la mesa directiva.

La jornada electoral transcurrió con tranquilidad: Sheinbaum

A las 7:30 de la mañana comenzamos con el armado de las mamparas para la votación. Yo como primer secretario, comencé con el llenado del Acta de la jornada electoral y posteriormente tuve que contar las boletas del paquete electoral.

Conté un total de 547 boletas de la elección federal, pero ya pasaban de las 8 de la mañana, lo que provocó que la gente se desesperara y comenzara a pedir que abrieran la casilla.

La votación comenzó a las 8:45 de la mañana.

“La casilla va a iniciar con la votación”, avisó la presidenta.

La gente iba entrando de dos en dos aunque por momentos más de tres se acercaban a la mesa, entonces era necesario pedirles que esperaran un momento.

Algunas personas amablemente nos daban las gracias y nos deseaban buena tarde, sin embargo, otras no tan amables nos cuestionaban cada uno de los protocolos que estábamos siguiendo.

Al mediodía, uno de mis vecinos se acercó a la mesa. Me mostró su identificación y lo busqué en la lista nominal. Al encontrarlo, puse el sello “Votó2021” y le entregamos sus boletas. Al terminar de emitir su voto, uno de mis compañeros, le pidió que extendiera su pulgar derecho para marcar su dedo con tinta, sin embargo, se rehusó, tomó su credencial y salió del lugar.

“Que gente tan bonita hay en la colonia”, le dije. Ambos reímos y seguimos con nuestra labor. Conforme pasaba el tiempo nos sorprendíamos de la afluencia de la gente.

Para mi sorpresa muchos chicos y chicas con apenas 18 años acudieron a votar. Sus caritas no expresaban duda, ni miedo, ni emoción, pero se notaba que era la primera vez que lo hacían. “¿Qué sigue?”, preguntaban después de meter sus boletas en las urnas.

En cambio otros ciudadanos, en especial de la tercera edad votaron con un dejo de esperanza, pero otros, en su mayoría, por otro interés.

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A unos minutos de que dieran las 6:00 de la tarde, hora en la que podíamos cerrar la casilla, una mujer se acercó a mi mesa. Le pedí que me mostrara su identificación, al buscarla, no aparecía en mi lista nominal, por lo cual le mencioné que debía acudir a la mesa de enfrente, seguro ahí estaría su nombre.

Con unos ojos que casi me querían asesinar, me recriminó: “¿Dónde puedo levantar un reporte de uno de ustedes?”.

Le respondí que con el capacitador del INE. Ella se dio media vuelta y gritando le dijo: “Hey tú, quiero levantar un reporte, tus funcionarios ni siquiera están capacitados, ni el abecedario se saben”.

El ambiente se volvió tenso y cuando la mujer salió, todos soltamos la carcajada.

“Son las seis en punto”, gritaron los escrutadores cerrando la puerta tras de ellos, ninguna persona a partir de ahora puede entrar, ni salir. Todos asentimos y dentro de mi sabía que la parte menos divertida estaba por comenzar.

 

La presidenta dio instrucciones a la mesa de funcionarios y representantes de partido, que parecían perros peleándose por el hueso. Comenzamos el conteo de las boletas sobrantes. Tomé mi dedal, y comencé el conteo, sobran 285, y tenemos 262 votos.

“Qué bueno que nos cuadraron los números”, pensé. Taché las boletas restantes y posteriormente llené el cuadernillo de escrutinio y cómputo. Pensé que era más difícil, dije, pero apenas iba comenzando. Posteriormente iniciamos con el conteo de votos, desdoblamos boletas una, por una, en una mesa yo con dos ayudantes, en la otra, otros compañeros y los representantes de partido, como pirañas.

El total de votos es de 262, coincide con el restante de boletas, le notifiqué al coordinador. “Muy bien, Diana, ahora puedes empezar con el llenado de tus actas y después armar tu paquete.¿Cuánto me puedo tardar?”.

De pronto la luz del día se acabó y por más que nos esforzábamos, no se veía el final de la jornada.

Tenía hambre, me dolía la espalda y todos los presentes estaban llenos de desesperación. Eran aproximadamente las 9:15 de la noche y alguien llamó a la puerta. “¿Les falta mucho?”, preguntó.

“Sí, regrese hasta las diez”, le respondieron y nuevamente las risas se hicieron presentes, haciéndonos olvidar un poco el cansancio.

 

Al terminar nuestra labor, dimos clausura a la casilla, entregamos los paquetes, tanto el federal como el electoral, nos dieron las gracias y al fin pudimos salir del lugar. Para mi sorpresa, al salir, un tumulto de gente estaba tomando foto a las hojas de resultados colocadas en la parte de afuera, la policía también estaba presente, solo reí y caminé tres cuadras a mi casa.

 

Llegué agotada, pero me sentí satisfecha de haber participado en estas elecciones y darme cuenta de todo el trabajo que hay detrás de elegir a quienes nos van a gobernar. No creo volver a participar nuevamente, pero lo que si sé es que como toda ciudadana responsable, puedo decir, que al menos en mi casilla, la democracia tuvo su propio lugar.