Papel social y educativo del deporte

Mario Antonio Ramírez Barajas
Mario Antonio Ramirez Barajas

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““Compite para ti misma.

Concéntrate en la alegría personal

que te trae competir

 y no en las expectativas.”

“Aimee Boorman, entrenadora de Simone Biles”

Dr. Mario Antonio Ramírez Barajas

Ya pasaron los tiempos en que el Barón Pierre de Coubertain sostenía el amateurismo como la base de la expresión deportiva de excelencia, ahora, los atletas profesionales compiten sin tapujos en los Juegos Olímpicos. Tal vez haya sido lo mejor, ante atletas de los países socialistas que representaban un enmascaramiento del profesionalismo, se participaba con desventaja. Pero esto facilita la posibilidad de abordar el fenómeno del deporte con otra perspectiva: la de su evolución desde el juego hasta llegar al deporte-espectáculo.

El filósofo alemán F. Schiller dijo: “El hombre no es plenamente hombre más que cuando juega”, en efecto, su sentencia da justo en el blanco.

El carácter de los niños se puede observar a profundidad cuando juegan: si son agresivos, combativos, despiertos o de personalidad apocada, con toda seguridad al jugar lo manifiestan. Las sociedades antiguas, históricamente han tenido diversas manifestaciones lúdicas y en los animales superiores se presentan conductas a interpretar como juego, que prepara para la vida, pero principalmente, conlleva placer, libertad y expresión física.

El juego como expresión social, antes o después, se ritualiza e incorpora a las ceremonias místicas o religiosas, así  vemos el juego de pelota en Mesoamérica, los diversos juegos entre los griegos o las ceremonias de iniciación en muchas tribus, con una base física a partir de juegos.

El deporte nace y tiene éxito a partir de incorporar a la práctica lúdica un nuevo elemento: la lucha. Ya sea contra el tiempo o la distancia, como en las pruebas atléticas; contra el peso en la halterofilia;  frente a un adversario en los deportes de combate y de conjunto, o cuando finalmente se trate de vencer su propia debilidad o cobardía.

El deportista de alta competencia requiere dedicar gran parte de su tiempo a entrenarse, intensamente y colocando su cuerpo hasta los últimos límites, en lugar de evitar las dificultades, las provoca para generar la lucha y la competencia; no vacila en maltratar su cuerpo y el de los demás para alcanzar sus fines, ejemplos hay en el boxeo, la lucha, los deportes de conjunto y aún en ciertos deportes de apreciación como el nado sincronizado o la gimnasia que someten a dietas o entrenamientos extenuantes a menores de edad.

Sin embargo, un mismo ejercicio toma características diferentes en razón de cómo y cuándo se practica. Para empezar, las grandes masas acceden a la práctica de la actividad física, por lo general, en su tiempo libre, en contraposición al dedicado a trabajar, sus movimientos tienen un fin utilitario: los realiza para cumplir tareas y, a cambio, recibe una remuneración. Por contraparte, el deporte implica un movimiento gratuito, sin mayor sentido que el de lograr cubrir su necesidad de distracción y empleo de una energía sobrante. Esto lo convierte en liberador de tensiones y ansiedad y lo hace creador, serio y elevado para la vida.

La industrialización de nuestra sociedad ha ampliado los márgenes de ocio de todos y no es aventurado señalar que el uso colectivo dado al tiempo libre, ilustre los gustos, las tendencias y el grado de cultura de los pueblos.

En México con el tiempo de ocio: ¿leemos? ¿hacemos deporte? ¿vemos televisión? ¿nos alcoholizamos? ¿convivimos? Comparar esto con otras sociedades ilustraría más certeramente las reflexiones anteriores; sin embargo, la obligación del estado para acercar condiciones para el buen uso de este tiempo residual, está presente y es muy importante.

Surge además, otra pregunta interesante, referente al deporte-espectáculo, si  a la práctica deportiva la consideramos en oposición al trabajo, ¿cómo tomar entonces al futbolista que eso, precisamente, es su actividad laboral?

La sociedad en general le reconoce sus triunfos y derrotas y sigue su trayectoria como “empleado” de diferentes clubes deportivos. No pasa lo mismo con un bombero, un policía, un arquitecto o un periodista. Este género de empleo, ligado al deporte-espectáculo se ha impuesto como un consumismo más, sometido a las reglas de cualquier producto y así lo compramos. Tiene más espectadores que practicantes.

Por lo tanto el deporte para todos, como práctica, para el ocio y la educación, es una aspiración social válida y obligatoria para los gobiernos, estos tienen la obligación de atender la creación de programas de interés social dirigidos a los ciudadanos, para rescatar todo lo bueno de la práctica de la actividad deportiva.

El deporte-espectáculo y el deporte como práctica social, son dos versiones de un mismo fenómeno cada vez más distanciadas entre sí.

Al deporte-espectáculo lo acechan algunas amenazas: profesionalismo sin ética ni valores, el interés de negocios de nuevos actores, la manipulación de masas y las trampas con su más grande expresión en el doping, como consecuencia de la gran presión generada para ganar a cualquier precio.

No se debe permitir desvirtuar las virtudes del deporte a través de sus riesgos. La ilusión de utilizarlo como un medio con el potencial de unir a sociedades enteras sigue presente, por eso es doloroso ver pueblos o ciudades con rivalidades enconadas como producto de un “pique” deportivo, trasladado más allá de las canchas; la violencia fuera de los estadios es una de las expresiones  más podridas del deporte-espectáculo.

El deporte va a perdurar como expresión del homo-ludens, mientras sea capaz de seducir a los jóvenes con sus virtudes cuando la presencia permanente del juego, como fuente de placer, se imponga a la necesidad de victoria como fin último.

AR

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