Vacunado a los 50, y mi repudio al “high energy”

Con 50 años a mis espaldas y una vez pasados los filtros de identidad, aguardo con otras personas a que me llegue el turno de la inyección

Vacunado a los 50, y mi repudio al “high energy”
Foto: Cuartoscuro / archivo Tras la inmunización, hay que aguardar 20 minutos por si hay alguna reacción. Jóvenes invitan a una “activación” y suena una bocina en la Vasconcelos.

Por: Edgar Acosta

Es jueves por la mañana y en la Biblioteca Vasconcelos, donde en un día normal el andar de los visitantes es pausado y las voces son susurros, hoy reina un ambiente de prisa y hasta festivo, mientras se realiza la vacunación contra el Covid-19.

Con 50 años a mis espaldas y una vez pasados los filtros de identidad, aguardo con otras personas a que me llegue el turno de la inyección.

La enfermera Clarita, tras recitar las posibles reacciones a la vacuna y recomendaciones, responde dudas sobre el tema.

“Oiga, Clarita, el fin de semana iré a un encuentro deportivo, por lo que nos realizaremos la prueba (para detectar el Covid) y poder asistir. ¿La vacuna afecta el resultado?”.

“Desde luego que lo puede modificar”, responde ella, “pero todo depende del tipo de examen que le realicen, será mejor que indique en su laboratorio que ya le aplicaron la vacuna”.

“Oiga, si le entro a mis chelitas, ¿afecto la vacuna?”, le pregunto con más esperanza que pena.

Su mirada indica lo “cotidiana” de la pregunta y con cortesía responde: “Lo ideal es que se abstenga, pero para esta vacuna ojalá pueda esperar al menos 72 horas”.

Tras la inmunización, hay que ir al área de observación, donde hay que aguardar 20 minutos por si se presenta alguna reacción.

Ya en la zona, cuatro jóvenes invitan a participar en una “activación” para animar la espera.

El único varón del equipo enciende una bocina portátil que tintinea luces rojas. En un segundo, la Vasconcelos vibra al ritmo de Los Ángeles Azules y sus “17 años”.

Entre el baile (cada quien en su lugar) y los ejercicios de peso corporal, los participantes demuestran sus mejores pasos.

Le toca el turno a mi grupo y como en viernes a la medianoche en el extinto antro Patrick Miller, la pequeña bocina ruge con un sonoro “high energy”.

La mayoría se levanta de sus sillas con -muy posiblemente- una sonrisa debajo del cubrebocas. Miro alrededor y parece que soy el único que sigue sentado, pero una inquieta bailarina se me acerca para que me una a la fiesta.

“Muchas gracias, pero sólo bailo en bodas”, le respondo cortés. En cambio, al finalizar la música, los demás bailarines piden “¡otra, otra!”.

LEG