De ida y vuelta

Fernando De las Fuentes

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El amor llega cuando la manipulación se detiene

Joyce Brothers

El común denominador en las relaciones, de cualquier tipo, es la manipulación. Generación tras generación hemos sido educados para obtener lo que deseamos de otros sin tener que pedirlo directamente. Si no aceptamos que podemos recibirlo, un “no” duele, ofende el ego o ambas cosas.

Pedir vulnera. Nos quedamos a merced del otro, y cuando venimos cargando en el cuerpo y la mente dolores del pasado, principalmente heridas de la infancia, el miedo a revivirlas nos domina.

Así que lo más fácil es manipular. Tan bien aprendido y justificado lo tenemos, que ya ni nos damos cuenta de que eso es lo que hacemos cuando tratamos de convencer a alguien de algo, rogando o seduciendo, o cuando utilizamos la herramienta más poderosa de manipulación: la culpa.

Cada uno de nosotros lleva no pocas culpas inducidas por quienes algo nos demandaban sin decírnoslo o lo imponían agresivamente, desde la infancia, cuando no recibíamos una explicación accesible sobre lo que se esperaba de nosotros o se nos exigía.

La percepción de una mente infantil, en formación, ante el poder, ciertamente distorsionado y abusivo de quien la educa, cuando de manipulación por medio de la culpa se trata, es que el error radica en el manipulado, que tiene la culpa de no ser suficiente, de ser defectuoso, de estar mal y hasta de existir.

Toda manipulación busca someter a una persona a la voluntad de otra, pero la que está basada en la culpa es además cruel, pues el sometimiento implica una inferiorización constante.

Si ha conocido personas que piden perdón frecuentemente por cosas sin importancia, está ante un caso de ruda manipulación a través de la culpa, por parte de un perpetrador que no busca en realidad que la persona manipulada “repare” sus “errores”, sino que sea obediente y servil.

En México este tipo de perdón es incluso cultural. Tenemos la costumbre de pedirlo por cortesía, o sea, de admitir sin más la culpa, cuando debiéramos simplemente decir “lo siento”, una expresión que emocionalmente significaría: no me es usted indiferente, se trató de un pequeño accidente o una distracción.

Por otra parte, si conoce personas que sistemáticamente culpan a otros de su situación, sus acciones o su estado emocional, está ante uno de los peores manipuladores. Falto total de empatía con las personas a las que culpabiliza, no reparará en nada para lograr lo que quiere.

Ahora bien, con la misma facilidad que manipulamos, somos manipulados. Nosotros podemos ser quienes hacemos sentir culpables a los demás para controlarlos, pero también somos quienes estamos sometidos a ese dominio por parte de otros. La manipulación siempre es mutua e interactiva. Quien no se deja manipular, no intenta hacerlo.

No he conocido, nunca, ningún ser humano, que esté libre de culpa. Puede no sentir remordimientos de ningún tipo por las acciones propias, bien porque se ha perdonado, porque no ha hecho nada que los produzca o porque es un psicópata. Pero todos llevamos las culpas que otros nos han inducido, por no responder a sus expectativas, por no hacer lo mismo que ellos, por no elegir el mismo destino.

Existen evidentemente muchas formas de manipulación, como la de ubicarse en el papel del necesitado o el incapaz, de manera que otros se hagan cargo de nosotros y nos resuelvan los problemas, pero, lo dicho, la culpa es la vía más perniciosa.

El que manipula por la culpa no solo somete, aplasta; prácticamente “se come” al otro, lo debilita a grado máximo a través de acabar con su autoestima, quejándose todo el tiempo de sus “errores”; lo amenaza y hasta lo agrede, lo aísla de los demás con prohibiciones, exagera sus defectos, lo restringe con prohibiciones y le hace saber todo el tiempo que está en deuda.

Mientras sigamos ocupados en tratar de manipular a otros, estaremos siendo constantemente manipulados sin que siquiera nos demos cuenta.

 

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