Héctor Zagal

Héctor Zagal

(Profesor de Filosofía de la Universidad Panamericana)

De acuerdo con una antigua tradición histórica y literaria romana, Roma fue fundada el 21 de abril de 753 a.C. La historia detrás de la fundación de Roma es una mezcla de mitología y de episodios que serían muy difíciles de ubicar en una línea de tiempo. Las noticias que nos llegan de la fundación de Roma son posteriores a la fundación misma; no son testimonios de primera mano. A esto hay que añadirle que cada historiador romano antiguo que ha querido reelaborar la fundación de Roma ha tenido, hasta cierto punto, una motivación política detrás de su narración. Por ello hay diversas perspectivas de un mismo episodio. El esplendor de Roma y de los romanos, por muy reales que hayan sido, inicia con un mito.

Los mitos están llenos de dioses, de lugares fantásticos, de héroes y de hazañas que parecen ir más allá de toda imaginación humana. Por lo general, no hay una fecha exacta en la que haya ocurrido un evento o historia mítica.

Solemos decir que ocurrió “hace mucho tiempo” o “antes de…” o “cuando aún no”. Asimismo, el lugar que fue escenario del mito es equívoco; podría ser junto a ciertas rocas, en tal parte de una costa, a las faldas de alguna montaña. No hay seguridad ni certeza de dónde ni cuándo, pero no tendría por qué haberla. Y es que uno no espera que los mitos hayan ocurrido realmente. Sin embargo, ello no reduce su valor cultural.

Dentro de la diversidad de mitos, existen unos que tratan sobre la fundación de una ciudad o de una civilización. Por ejemplo, la fundación de Tenochtitlán remite al encuentro con un águila posada sobre un tunal, en medio de un cuerpo de agua, devorando a una serpiente. Fernando Alvarado Tezozómoc, uno de los discípulos de fray Bernardino de Sahagún, escribió que fue gente de Aztlán quienes, guiados por Huitzilopochtli, huyeron de malos tratos hasta llegar a una suerte de “tierra prometida” en la que instalarían un imperio. Esta narración, mezclada con eventos sobrenaturales como la intervención de un dios y la necesidad de un símbolo que indique el lugar destinado para los próximos mexicas, no es una mera lección de historia, sino una legitimación de la civilización que floreció en el lago de Texcoco. ¿Qué mayor legitimación que los favores de un dios?

Esa legitimación mítica son los cimientos de Roma. La versión más difundida de la historia dice que fueron los gemelos Remo y Rómulo quienes fundaron la ciudad. Cuentan que los gemelos nacieron de una sacerdotisa virgen de nombre Rea Silvia en la ciudad italiana de Alba Longa, en las colinas Albanas. Rea Silvia no había accedido al sacerdocio por voluntad propia, sino obligada por su tío Amulio, quien se convirtió en rey de Alba Longa después de haber expulsado a su hermano Numitor. Siendo hija de Numitor, la posible fertilidad de Rea Silvia era un problema: sus hijos serían herederos contendientes por la corona. Sin embargo, da nada sirvieron las precauciones de Amulio, pues Rea Silvia quedó embarazada. Unos dicen que fue el mismísimo dios Marte quien la violó (al transformarse en un falo incorpóreo que surgió de las llamas del fuego sagrado que Rea Silvia tenía la misión de cuidar). Amulio mandó a sus sirvientes a que arrojasen a los bebés al río Tíber. Sin embargo los hombres los dejaron al margen del río para que el destino hiciera lo suyo. Pero una loba salió a su rescate para amamantarlos.

Ya crecidos, los gemelos se disputaban en qué colina construir la ciudad. Disputas más disputas menos, Remo cruzó las fronteras que Rómulo había construido alrededor de su ubicación predilecta y Rómulo lo asesinó. Después del asesinato de su hermano, Rómulo puso manos a la obra para habitar la recién fundada ciudad que, hasta entonces, estaba formada por un puñado de amigos y compañeros. Para aumentar sus habitantes, Rómulo abrió las puertas a todo aquel que necesitara de un lugar donde vivir: desposeídos el resto de Italia, exiliados, refugiados, fugitivos, criminales, convictos. Pero faltaba algo aún: mujeres.

Rómulo hizo una fiesta a la que invitó a latinos y sabinos, pueblos vecinos, para que disfrutaran de las diversiones con sus familias. En el momento más animado, dio una señal para que sus hombres raptaran a las mujeres jóvenes y se las llevaron para convertirlas en sus esposas. Según el mito, los sabinos volvieron por sus mujeres tiempo después, pero ellas impidieron cualquier enfrentamiento. Menuda historia de violencias y abusos.

La clave de los mitos fundacionales no es su certeza histórica, sino la legitimación que da. Roma y su espíritu, así como el anhelo de una tierra propia de los mexicas, se prolongan al infinito gracias a que sus orígenes son míticos, es decir, no obedecen a un tiempo ni localidad del orden humano. Los designios divinos parecen no tener caducidad.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

AR

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana